El Madrid se hizo con el liderato hilvanando un precioso ejercicio de domesticación de la electricidad. Se diría que empieza aceptarse a sí mismo y ha dado, finalmente, con la respuesta a la peliaguda cuestión ontológica que desde hace años le atormenta en perpetua búsqueda de su identidad. El Real Madrid se ha encontrado. Se ha reconocido en el espejo cuando ha optado, ahora ya abiertamente, por situarse frente a un escenario de verticalidad desbocada, de vértigo y filos afilados; de cornisas estrechas donde el resbalón fatal siempre es una posibilidad cierta.
El Real Madrid se ha encontrado y lo ha hecho a espaldas de la voluntad de su entrenador. Pellegrini no se aferra a una Idea. Más bien se diría que sufre de anemia en lo tocante a la imaginación y raquitismo en lo que se refiere a la creatividad.
Mantiene impertérrito su apego por un esquema que ha dado sobradas muestras de ser un pozo sin fondo. Se empecina en canalizar su juego a través de una dupla, Lass-Alonso, titubeante en su faceta de creación y profundamente imperfecta como muro de contención.
El equipo blanco necesita del toque a rebato para ser capaz de emitir todos los destellos que, en buena lógica, ha de poseer un conjunto tan exuberante en calidad. Demanda su juego transiciones fugaces y mantener el balón permanentemente en las inmediaciones del arco contrario. Cuando no lo consigue, su fútbol, por improbable que pudiera parecer, se torna extrañamente romo y su respiración se torna un abrir-cerrar casi desesperado de branquias.
Mira Pellegrini desde el banco y parece no entender. Titubear. El centro del campo se le aparece como una ciénaga indescifrable, un misterio irresoluble. Observa sin querer ver que su dibujo es apenas un borrón, con la media y la delantera separadas por una inmensidad de vacío, con el equipo estirado hasta lo inconcebible. Mira y mira y es sólo por casualidad que cae en la conclusión de que son tipos como Guti quienes pueden hacer de esa inmensidad un espacio habitable; confortable, incluso. Un Eldorado desde donde habilitar a sus ilustrísimos compañeros para, como sucedió ante el Sevilla, crear una primoroso mosaico de recursos ofensivos. Mira y mira, y es sólo por casualidad…
diumenge, 7 de març del 2010
Pellegrini, piano desafinado (Claroscuros)
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Claroscuros II: Guardiola, el sueño de la razón…
…produce monstruos. No tiene nada de desesperada la situación del conjunto azulgrana, pero mirando hacia los rincones en penumbra de su presente, se pueden adivinar los ojos amenazadores de esos fantasmas, esos monstruos, que Guardiola lleva tiempo intuyendo y que, ahora sí, parecen próximos a dejarse ver.
Demasiado a menudo el juego del Barça se convierte en un arabesco estéril; en un preciosismo destemplado; en tauromaquia de salón.
Algo se ha roto en el interior de ese hipnótico silogismo que es el juego del mejor Barça y que convertía la victoria como solución necesaria, innegociable, al cúmulo de proposiciones que sus jugadores son capaces de cincelar sobre el campo.
Como propuesta colectiva, el fútbol del Barcelona padece agarrotamiento allí donde antes abundaba con más generosidad la fluidez.
Guardiola ha demostrado de forma más que sobrada conocer los resortes internos de este equipo, entender sus necesidades y conocer a la perfección su geografía anímica. Ha sabido crear desde los presupuestos de lo coral para agrandar virtudes y soterrar carencias. Que encuentre salida a la calma chicha en la que su equipo amenaza con quedar varado es, no lo duden, una mera cuestión de tiempo.
Demasiado a menudo el juego del Barça se convierte en un arabesco estéril; en un preciosismo destemplado; en tauromaquia de salón.
Algo se ha roto en el interior de ese hipnótico silogismo que es el juego del mejor Barça y que convertía la victoria como solución necesaria, innegociable, al cúmulo de proposiciones que sus jugadores son capaces de cincelar sobre el campo.
Como propuesta colectiva, el fútbol del Barcelona padece agarrotamiento allí donde antes abundaba con más generosidad la fluidez.
Guardiola ha demostrado de forma más que sobrada conocer los resortes internos de este equipo, entender sus necesidades y conocer a la perfección su geografía anímica. Ha sabido crear desde los presupuestos de lo coral para agrandar virtudes y soterrar carencias. Que encuentre salida a la calma chicha en la que su equipo amenaza con quedar varado es, no lo duden, una mera cuestión de tiempo.
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Lillo, el sacrificio sin fin (Claroscuros III)
Llegó el vasco a tierras almerienses y el conjunto blanquirrojo se reencontró con el fútbol. Grata noticia para todos aquellos que, como quien suscribe estas líneas, siempre han mirado con simpatía la figura de Lillo.
Casi siempre desconfío del elogio desmesurado de la pragmática, pues tiendo a creer que esconde una apelación indisimulada a la renuncia, a la rendición incondicional, sabiendo que hay batallas que no deben ser esquivadas, aún si el resultado es incierto o la victoria inalcanzable.
No es el caso de Lillo; el aluvión de pragmatismo que el correr de los años ha ido depositando en su forma de entender el fútbol no tiene nada de renuncia ni de claudicación y sí en cambio mucho resolución del conflicto que le llevaba a encorsetar su propuesta bajo un manto de aprioris y a convivir con la convicción de que el sistema se bastaba a sí mismo para sostenerse, sin atender a la singularidad de quienes debían hacer de todo ese corpus teórico algo tangible.
A lo largo de su carrera, Lillo parece haber vivido en perpetua pugna entre fe y probabilidad, topando tozudamente contra una realidad que ha tenido por costumbre desmentirle en sus convicciones. Decantado hacia el plato de la fe, Lillo se ha situado voluntariamente en cuantas piras de sacrificio ha encontrado en su camino, dispuesto siempre a ofrecer su cabeza si era necesario para redimirnos de nuestra devoción por el resultado en positivo y el desdén por la forma. Mesianismo y tozudez, desde luego, pero también generosidad. Razón más que suficiente para desearle toda la suerte del mundo en su estancia en el banquillo del Almería.
Casi siempre desconfío del elogio desmesurado de la pragmática, pues tiendo a creer que esconde una apelación indisimulada a la renuncia, a la rendición incondicional, sabiendo que hay batallas que no deben ser esquivadas, aún si el resultado es incierto o la victoria inalcanzable.
No es el caso de Lillo; el aluvión de pragmatismo que el correr de los años ha ido depositando en su forma de entender el fútbol no tiene nada de renuncia ni de claudicación y sí en cambio mucho resolución del conflicto que le llevaba a encorsetar su propuesta bajo un manto de aprioris y a convivir con la convicción de que el sistema se bastaba a sí mismo para sostenerse, sin atender a la singularidad de quienes debían hacer de todo ese corpus teórico algo tangible.
A lo largo de su carrera, Lillo parece haber vivido en perpetua pugna entre fe y probabilidad, topando tozudamente contra una realidad que ha tenido por costumbre desmentirle en sus convicciones. Decantado hacia el plato de la fe, Lillo se ha situado voluntariamente en cuantas piras de sacrificio ha encontrado en su camino, dispuesto siempre a ofrecer su cabeza si era necesario para redimirnos de nuestra devoción por el resultado en positivo y el desdén por la forma. Mesianismo y tozudez, desde luego, pero también generosidad. Razón más que suficiente para desearle toda la suerte del mundo en su estancia en el banquillo del Almería.
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