Tan sólido es el hipnotismo, tan grande la fascinación, que apenas queda espacio –aire que respirar- para cualquiera que forme parte del circo futbolístico español pero no se mueva en la órbita que transitan, ajenos a los demás, los gigantes de nuestro balompié.
Así es como quedan recluidos en la sombra tantos y tantos personajes que bien merecieran, aunque fuera mínima, una pequeña parte de las atenciones que se prodigan con generosidad (y escaso sentido de la mesura, vale decir) a otros.
Pienso, por ejemplo, en José Luís Mendilibar.
Futbolista de carrera sin brillo que nunca superó el umbral de la segunda división y que, ya como técnico, ha vivido sus jornadas de mayor gloria en las catacumbas más modestas del fútbol o en esos mismos campos de segunda que lo vieron como jugador.
Mendilibar parece vivir con más alivio que envidia el olvido forzoso que por estas tierras se dispensa a quienes no encajan en el molde de estrella.
Libre de los molestos reflejos y las cegueras pasajeras que, muy a menudo, provocan los focos excesivamente brillantes, el técnico vasco dirige desde 2006 con un punto de pausa y un mucho de sentido común la trayectoria del Valladolid, uno de esos equipos que casi siempre ven la gloria de lejos y hacen de la supervivencia un arte.
Sabiendo que quien despunte en su plantilla no tardará en emprender viaje hacia otros lugares; que el verano difícilmente le traerá nombres de relumbrón con los que taponar las eventuales sangrías que dejaría en su equipo una temporada algo más rica en satisfacciones de lo habitual; que las victorias nunca llegarán sin cantidades ingentes de esfuerzo y trabajo y, al final, pueden ser más los sinsabores que las alegrías. Sabiéndolo. Todo eso y más.
Sabiendo tantas y tantas cosas, Mendilibar no le pierde el gusto al juego bien trenzado y se niega a coquetear con ese pragmatismo mal entendido que lleva a tantos otros entrenadores a pensar que el fútbol de ataque no casa bien con los presupuestos pequeños.
Se aplaude – y sería ilógico no hacerlo- a determinados técnicos que se mantienen fiel a sus planteamientos ofensivos, considerándolo un mérito en sí mismo, aun incluso cuando disponen de mimbres en su equipo más que suficientes para desarrollar un juego que piense más en la portería del rival que en la propia. En esos casos, se sigue creyendo que todo el mérito de ese fútbol orientado al gol es una muestra de la imperturbabilidad de las convicciones del entrenador y no una consecuencia, más o menos innegociable, del talento y las capacidades naturales de sus jugadores.
Y, por contra, qué cicateros somos cuando llega el momento de entregar admiración a personas como Mendilibar, capaces de obrar el milagro una y otra vez de alumbrar buen fútbol allí donde otros sólo verían la posibilidad de armar un equipo aguerrido y, en el mejor de los casos, fiable.
Cuánto nos cuesta elogiar (no desde la condescendencia, sino desde la sinceridad) a quien necesitado de puntos y asomado al abismo le dice a sus jugadores que vayan a buscar a los del todopoderoso F.C. Barcelona en su propio campo. Que los esperen a campo abierto y acudan al intercambio de golpes sin pensar en lo que dejan a sus espaldas.
Algunos dirán que no tiene nada que perder y que dando la derrota por hipótesis válida y aceptable, se puede soñar sin temor con la victoria. Otros diremos, y creo que nos acompaña la razón, que en realidad eso es convicción y fidelidad a un estilo. Verdadera convicción y fidelidad a un estilo.