Hasta hace muy poco, hubiera dicho sin la rémora de la duda que el fútbol quedaba reducido a poco si se cercenaba la esperanza en la victoria propia o la posibilidad de regodearse en el fatalismo de tener la certeza de saber que la derrota es una posibilidad siempre cierta. A la pregunta de en qué queda el fútbol anestesiado de incertidumbre y emoción, no me hubiera costado sentenciar que en esas circunstancias el rodar del balón se convierte en sombra grisácea de sí mismo. En espejismo sin alma.
Lo hubiera dicho y sigo creyendo que, en esencia, es cierto. Que la emoción del resultado es componente inextirpable a la pasión de cualquier aficionado a un espectáculo que se construye sobre promesas y deseos. Pero de un tiempo a esta parte, me veo obligado a introducir matices en mi apreciación. Privado de emoción, el fútbol puede seguir siendo absolutamente bello. Puede desprenderse de su condición primigenia, elevarse por encima de ella, y convertirse en una experiencia estética pura que, a su paso por los sentidos, transmuta en alimento del espíritu y verdades profundas.
Me falta por comprobar si en su nuevo ropaje ontológico, este fútbol liberado de la tiranía de la emoción es capaz de igualar la capacidad de seducción de un fútbol sostenido sobre certezas inestables.
diumenge 19 de desembre de 2010
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