Leo en El País que hace años, allá en el Rosario natal de Messi, Lionel empezó a pisar las canchas escorado a la derecha, pegado a la cal de la banda, en la misma posición en la que se dejó ver en sus primeras apariciones en el Camp Nou. Leo que si así fue, no tuvo demasiado que ver con sus características como futbolista, sino con la conveniencia de que el minúsculo Messi jugará cerca de las gradas desde donde le seguía con la mirada su madre. El argentinito que un día abriría la boca del mundo se hizo extremo por el temor de su entrenador de que en un momento del juego el niño futbolista quedara arrinconado por el niño a secas y se rompiera la magia de un buen escorzo por la irrupción de una llantera inesperada o el temblor del liliputiense entre gigantes.
Leo el artículo y me viene a la cabeza el recuerdo de planos perdidos de retransmisiones deportivas con el rostro de Messi, serio, concentrado, ceñudo incluso. Expresión idéntica a la de cualquier otro niño enfrentándose a los trabajos de Hércules que los adultos miramos con condescendencia, divertidos y enternecidos por el esfuerzo que dedican a las aparentes naderías de sus juegos.
Messi sigue jugando, con esa misma concentración que todo niño sabe hay que dedicar al juego. Nada parece haber cambiado, salvo que alrededor de su juego, todos nos hemos convertido en niños. Serios, concentrados, ceñudos, incluso, ante la aparente nadería de unos tipos persiguiendo un balón...afortunadamente, el fútbol siempre fue cosa de niños.
dilluns, 27 de desembre del 2010
diumenge, 19 de desembre del 2010
Del fútbol como experiencia estética
Hasta hace muy poco, hubiera dicho sin la rémora de la duda que el fútbol quedaba reducido a poco si se cercenaba la esperanza en la victoria propia o la posibilidad de regodearse en el fatalismo de tener la certeza de saber que la derrota es una posibilidad siempre cierta. A la pregunta de en qué queda el fútbol anestesiado de incertidumbre y emoción, no me hubiera costado sentenciar que en esas circunstancias el rodar del balón se convierte en sombra grisácea de sí mismo. En espejismo sin alma.
Lo hubiera dicho y sigo creyendo que, en esencia, es cierto. Que la emoción del resultado es componente inextirpable a la pasión de cualquier aficionado a un espectáculo que se construye sobre promesas y deseos. Pero de un tiempo a esta parte, me veo obligado a introducir matices en mi apreciación. Privado de emoción, el fútbol puede seguir siendo absolutamente bello. Puede desprenderse de su condición primigenia, elevarse por encima de ella, y convertirse en una experiencia estética pura que, a su paso por los sentidos, transmuta en alimento del espíritu y verdades profundas.
Me falta por comprobar si en su nuevo ropaje ontológico, este fútbol liberado de la tiranía de la emoción es capaz de igualar la capacidad de seducción de un fútbol sostenido sobre certezas inestables.
Lo hubiera dicho y sigo creyendo que, en esencia, es cierto. Que la emoción del resultado es componente inextirpable a la pasión de cualquier aficionado a un espectáculo que se construye sobre promesas y deseos. Pero de un tiempo a esta parte, me veo obligado a introducir matices en mi apreciación. Privado de emoción, el fútbol puede seguir siendo absolutamente bello. Puede desprenderse de su condición primigenia, elevarse por encima de ella, y convertirse en una experiencia estética pura que, a su paso por los sentidos, transmuta en alimento del espíritu y verdades profundas.
Me falta por comprobar si en su nuevo ropaje ontológico, este fútbol liberado de la tiranía de la emoción es capaz de igualar la capacidad de seducción de un fútbol sostenido sobre certezas inestables.
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