El juego de la selección española en el tramo final del campeonato y su agónica victoria contra el combinado holandés en el más crucial de los partidos han servido para redimir, aunque sea en parte, un Mundial rácano como pocos en fútbol. En el post Añoranzasya explicité suficientemente el hartazgo que tan esperado campeonato me produjo. Desde que lo escribí hasta que el odioso jabulani dejó de rodar, pocos motivos encontré para variar mi postura. Ha sido éste un Mundial donde los mejores detalles los han dejado selecciones simplemente atildadas, apenas cumplidoras. Bloques más o menos bien armados. Casi nunca equipos con verdadera capacidad para emocionar. En lo estrictamente futbolístico, el debe del Mundial ha acabado siendo bastante más abultado que el haber.
Así pues, frente a semejante secarral balompédico, resulta inmensamente grato que el cetro haya acabado siendo para el equipo español, probablemente el único de los contendientes que, aunque sólo fuera de forma racheada, dejó instantes para el recuerdo y se plantó en Sudáfrica con una concepción sólida y atractiva de aquello en lo que consiste jugar a fútbol.
A España le costó encontrarse y aún más mostrarse. Se le atragantó la condición de favorita y los nervios se convirtieron en verdaderos nudos que trababan las piernas y nublaban el pensamiento de sus jugadores. Se le intuía la voluntad, se atisbaban las ideas y se entreveía la calidad, pero, espeso y obtuso, su juego chocaba inútil y estéril contra los alambres de espino y los sacos terreros de sus rivales. Así las cosas, el campeonato fue convirtiéndose en un punzante trantrán por el que España transcurría palidecida, dejando injustificadas las expectativas y amenazando con hacer buenos los presagios de los agoreros que afilaban, no sin cierto placer, el consabido ya lo decía yo.
Todo cambió con el campeonato entrando en su tramo final. Frente a Alemania en semifinales y contra Holanda en el postrer acto del Mundial, España acabó por reencontrarse con su juego y recuperar las coordenadas estilísticas que a día de hoy le son propias. Y el hallazgo sirvió, de pasó, para dignificar la memoria del primer mundial celebrado en tierras africanas. Gracias al gol de Iniesta, podemos esquivar temporalmente la tentación de llorar al pobrecito fútbol que llegado el momento de mostrarse en todo su esplendor, tan sólo acierta a dejar en la retina un espectáculo triste y desaborido.
dilluns, 2 d’agost del 2010
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