Qué terrible paradoja sentir nostalgia de fútbol en pleno mundial; qué tristeza ver rodar el balón sin el hormigueo de la excitación; qué vacío puede ser el balompié cuando está huérfano de emoción.
En este fútbol nuestro de hoy en día, con facilidad para crear estrellas pero insultante incapacidad de forjar leyendas, el primer Mundial que toma África por escenario está resultando de una tal inconsistencia en lo que concierne al juego desplegado por la inmensa mayoría de los contendientes, que seguirlo con puntualidad se está convirtiendo en un acto de contrición. Un penoso esperar alimentado por la esperanza del destello, el ápice de magia que quienes disfrutamos de este deporte sabemos o queremos creer que ha de llegar de forma inexcusable cuando 22 personas se reúnen para jugar con el balón como epicentro de sus deseos.
Veo a Francia con la grandeur hecha unos zorros, perdida para la causa futbolística por obra y gracia de una generación de jugadores agotada y pasto de epílogos y un entrenador mínimo, vulgar, romo de pensamiento y obra, ridículo y petulante.
A una Inglaterra desnaturalizada, despojada de sus ancestrales virtudes, capaz de ceder el cetro de delantero centro a tipos como Heskey sin ruborizarse, buscando la gloria por el camino siempre tortuoso –insufrible- que dictan los entrenadores apegados al más rancio ideario futbolístico de la escuela italiana.
La propia Italia, con su aire de quietismo lampedusiano, repitiendo hasta la náusea el guión de fútbol anémico y resultadismo que constituye su hábitat natural.
Retomo, como siempre cada cuatro años, el ejercicio de estilo que constituye la propuesta de Holanda desde la mágica irrupción de aquella Naranja Mecánica a la que Alemania nunca debió arrebatar un Mundial. Una selección neerlandesa obligada siempre a revivir aquellos cuasi-laureles y mantenerse fiel a unos principios estéticos y mecánicos, tiranizada por la Historia pero, aún así, digna de elogio.
Me reencuentro con Argentina, siempre Argentina. Comandada por el más grande desde el banquillo y llevando a Messi como paso sacramental, tirando de oficio, solidez y sacrificio allí donde pueda escasear el talento. Propuesta enjundiosa la suya. Argentina ha tenido la dignidad de mirarse con sinceridad en el espejo y hacer inventario preciso de virtudes y carencias.
Miro esperanzado a Paraguay, aplaudo el juego de Chile y me descubro ante el loco Bielsa, pienso si será esta vez cuando México hará buenas las expectativas que permanentemente alimenta y descubro, no sin horror, que quizás pronto habrá que dar trato de grande a un país, los Estados Unidos, donde el rebautizado soccer es un pasatiempo menor y desprovisto de carga anímica.
Me desespero con la infatigable terquedad del fútbol africano en descomponerse llegadas las grandes ocasiones. Un fútbol lastrado por un delirante calendario de clasificación, las impúdicas presiones que los clubes europeos ejercen sobre sus mercenarios africanos y que nunca se atreverían a ejercer sobre sus mercenarios europeos. Roto por la voluble e infantil voluntad de los dirigentes de algunas federaciones nacionales que sustituyen apenas meses antes de celebrarse el Mundial a los entrenadores que han dado forma a sus equipos por técnicos con el prestigio forjado en Europa y currículums más abultado pero supina ignorancia de los grupos humanos a los que han de timonear, avergonzados de acudir al gran torneo sin la inexcusable dosis de pedigrí en el banquillo. Un fútbol que en Sudáfrica ha sufrido el mal fario en forma de inoportunas lesiones cebándose agoreras sobre algunas de sus más rutilantes estrellas. Un fútbol que, sobre todo, debe seguir soportando el paternalismo de tintes coloniales de los sesudos analistas que se quejan, amargamente, de una supuesta desnaturalización del juego ofensivo, alegre y colorido que, a su entender, resulta propio de las naciones africanas. En tiempos de gris mortecino, esta llamada a desterrar los preceptos graníticos que actualmente se imponen en el terreno futbolístico pudiera ser tomada como un elogio. No lo es. Detrás de la exaltación de la viveza y el color subyace la convicción de que orden, disciplina y sacrificio –virtudes tan luteranas- resultan en exceso elevadas para el fútbol africano. Los periodistas europeos siguen adentrándose en el balompié que se juega en África como quien avanza hacia el corazón de las tinieblas.
Mundial de insufrible zumbido de vuvuzelas y estúpidos balones con sello de multinacional reproducidos en serie por trabajadores pakistaníes para deleite de niños y niñas del mundo entero a razón de 60 euros al mes. Mundial que me despierta añoranzas de otros tiempos y otros mundiales, en los que el primer giro del balón sobre el césped de un estadio me parecía la antesala de un ratito de gloria.
dijous, 24 de juny del 2010
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