Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Posidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Konstantinos Kavafis
Durante toda la temporada, la final del Bernabéu ha sido la Ítaca hacia la que el F.C. Barcelona ha enfilado obsesivamente la proa. La tierra de promisión, el santuario que violar y ultrajar antes de regresar a casa con una de las páginas más brillante de su historia escrita para gozo de la posteridad.
Un Barça empecinado en sacudir de su cabeza los ecos de aquella advertencia de su técnico que señalaba que este equipo perdería en todas las comparaciones que quisieran hacerse respecto al ejercicio anterior; que miraba de soslayo alguna que otra sombra que con el paso de los meses y a medida que avanzaba la temporada se iba instalando a lado y lado del camino, amenazando su periplo.
Con un trote menos harmónico y acompasado que el que exhibiera hace unos meses pero con loable fidelidad a un estilo y una forma de entender la ontología profunda del balompié que no puede más que ser objeto de elogio, el Barcelona ha ido sorteando escollos en su viaje a Ítaca y derrochando confianza. Quien sabe si quizás preso de la candidez de confiar que jugar mejor es sinónimo perfecto de vencer. O simplemente gozoso de sentir que, probablemente por primera vez desde su mismísima fundación, el viento de la Historia hinchaba con brío, juvenil e irresponsable, sus velas.
Se presentó el conjunto de Guardiola al turno de vuelta de la semifinal que le enfrentaba al Inter de Milán con el orgullo lastimado y el espíritu repleto de magulladuras que clamaban reparación. La diferencia respecto a tantos otros capítulos en la longeva existencia del club fue que, en esta ocasión, lo hacía envuelto en una nube de confianza. En un bullicioso marasmo de expectación, donde no cabía lugar para dudas o titubeos. Como nunca antes, el espíritu colectivo del F.C. Barcelona sentía que se arremolinaba en torno a un estandarte que, ahora sí, valía la pena defender. Un estandarte tejido con el rastro que ha dejado en la memoria de los aficionados al fútbol del mundo entero el juego primoroso que ha sido capaz de desarrollar en los últimos tiempos un equipo construido sobre la espina dorsal que conforma la muchachada de la cantera. Como nunca antes, la afición se sintió el centro de un triángulo de proporciones casi místicas que toma La Masía, Messi y un anuncio de UNICEF sobre el pecho como vértices sacrosantos. Como nunca antes, la gente creyó que, pese a la consabida ceguera, la Justicia estaría de su lado y la lírica acabaría doblegando el pragmatismo feroz del catenaccio.
Nadie como Mourinho para ejercer de despertador de tanto ensueño y recordarnos que Justicia es un término difícil de conjugar, demasiado plagado de aristas y recovecos para admitir lecturas unívocas o encorsetarlo en el lenguaje de la lógica formal.
Sobre el verde de un Camp Nou vestido de gala, acudieron al choque visiones contrapuestas de lo futbolístico y, quizás, incluso de la vida misma. No podía renunciar el Barcelona al hálito poético de su juego, ni siquiera llevado por los arrebatos que exige una remontada o, lo que es lo mismo, la necesidad de revertir contra pronóstico el tránsito normal de una situación. Tampoco se le podía exigir a Mourinho que abrazara la lírica y renunciara a esa prosa rocosa y fabril que desde siempre ha constituido su discurso futbolístico.
Ni Guardiola ni el portugués incurrieron en el error de desnaturalizarse.
Mourinho sublimó la vocación defensiva que desde siempre acompaña al fútbol italiano pese a no contar en las filas de su equipo titular con un solo jugador de esa nacionalidad. Desde su trono, comandó un ejercicio de contención impecable capaz de ofuscar y empequeñecer hasta la asfixia el fútbol coral, de quiebros e imposibles, que el Barcelona es capaz de exhibir. Guardiola buscó probablemente con más precauciones de las que hubieran sido convenientes la grieta en el muro transalpino que permitiera albergar la esperanza de desballestar semejante exhibición de músculo y solidez sin llegar a encontrarla ni dar con los resortes de cambio en un guión que irremediablemente avanzaba hacia un final en el que el Barça acababa por equivocar fatalmente su rumbo hacia la ansiada Ítaca.
Con el pitido final, en el momento en que el fiel de la balanza se vencía por el lado ocupado por el plato interista, la pragmática había vuelto a imponerse, una vez más, a la poética, la realidad al sueño, la disciplina a la gambeta. Sin apelar a la grandilocuencia de invocar la justicia, que cada cual tome partido. El público del Camp Nou lo hizo y desde mi casa, todavía, días después, veo en algún balcón banderas del F.C. Barcelona ondeando, pesarosas y deliciosamente ilógicas; banderas para la derrota más dolorosa.
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