Llegó el vasco a tierras almerienses y el conjunto blanquirrojo se reencontró con el fútbol. Grata noticia para todos aquellos que, como quien suscribe estas líneas, siempre han mirado con simpatía la figura de Lillo.
Casi siempre desconfío del elogio desmesurado de la pragmática, pues tiendo a creer que esconde una apelación indisimulada a la renuncia, a la rendición incondicional, sabiendo que hay batallas que no deben ser esquivadas, aún si el resultado es incierto o la victoria inalcanzable.
No es el caso de Lillo; el aluvión de pragmatismo que el correr de los años ha ido depositando en su forma de entender el fútbol no tiene nada de renuncia ni de claudicación y sí en cambio mucho resolución del conflicto que le llevaba a encorsetar su propuesta bajo un manto de aprioris y a convivir con la convicción de que el sistema se bastaba a sí mismo para sostenerse, sin atender a la singularidad de quienes debían hacer de todo ese corpus teórico algo tangible.
A lo largo de su carrera, Lillo parece haber vivido en perpetua pugna entre fe y probabilidad, topando tozudamente contra una realidad que ha tenido por costumbre desmentirle en sus convicciones. Decantado hacia el plato de la fe, Lillo se ha situado voluntariamente en cuantas piras de sacrificio ha encontrado en su camino, dispuesto siempre a ofrecer su cabeza si era necesario para redimirnos de nuestra devoción por el resultado en positivo y el desdén por la forma. Mesianismo y tozudez, desde luego, pero también generosidad. Razón más que suficiente para desearle toda la suerte del mundo en su estancia en el banquillo del Almería.
diumenge 7 de març de 2010
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