diumenge 17 de gener de 2010

Ponerle riendas a la locura

Enloquecido, febril, bipolar, ciclotímico, imprevisible…el Atlético de Madrid es una convulsión permanente. Una institución que ha hecho de su existencia un camino de excesos, empedrado de alegrías mayúsculas y tristezas superlativas. Un equipo que vive con normalidad en mitad no ya de lo improbable, sino incluso también de lo imposible.

A Quique Sánchez Flores le ha tocado en suerte el papel de jefe de pista de un circo vacilante. La papeleta de enmendar un proyecto llamado a grandes cosas y reducido a esperpento. El reto de mirar a su alrededor y acostumbrar los sentidos a aceptar como normal un paisaje donde se añoran los puntos referenciales y sobran los de fuga.

Llegó jovial su Atlético a Huelva y regresó a Madrid con el zurrón repleto de piedras vergonzantes, para después enmendar la plana en una noche de delicioso descontrol, de fútbol gonzo, de dientes apretados y afición entregada a la ceremonia dionisiaca de ligar su corazón a los vientos, siempre cambiantes, que animan el tránsito atlético.

Un acto muy propio de la ópera -a veces bufa, a veces sublime- que el Atlético de Madrid va entretejiendo con el paso de los años a orillas del Manzanares.

Entre las dos noches de la eliminatoria copera que acabó saldándose con la clasificación de los madrileños, Quique Sánchez Flores se graduó como director del destino del Atlético. Rompiendo con esa norma que pide a los entrenadores mimetitzarse con el resto del equipo en la derrota y entonar una letanía de mea culpas de resonancias siempre huecas, el entrenador habló con la voz del aficionado para cargar contra unos jugadores que le causaban vergüenza y que, a su entender, andaban lejos de comprender en qué consistía (en qué consistía verdaderamente) su profesión.

La diatriba surtió efecto y el Atlético borró la afrenta bajo el aliento de la sufrida afición colchonera. Sánchez Flores acertó a adivinar que en su nuevo equipo los latidos del corazón los va dictando el mismo hemisferio cerebral que rige (o padece) las pasiones y que antes que análisis de movimientos dibujados sobre un pizarrín, lo que sus jugadores demandaban era el recuerdo de quiénes eran.

Está por ver si este lenguaje es el que más conviene al técnico madrileño. Un hombre de apariencia tranquila al que se le adivina una querencia por el método y lo sistémico que quizás no case bien con la dermis tormentosa y caótica de la institución que lo acoge. Ponerle riendas a la locura nunca fue tarea fácil…

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