En África, las balas rompen cuerpos, encogen corazones y destrozan sueños cada día. De martirizar los sueños, cuerpos y corazones que las balas no alcanzan, se ocupan la desnutrición, el SIDA, la miseria, la corrupción…
En África, cuando se es niño, al fútbol se juega descalzo y con cualquier objeto, por herrumbroso que sea, haciendo las veces de balón y portería. En el más martirizado de todos los continentes, el fútbol es alegría; ganas de vivir, aún cuando vivir sea superar una carrera de obstáculos.
El ataque contra los integrantes de la selección de Togo se ha llevado por delante la vida de tres miembros de la expedición y ha dejado pendiente de un hilo la del meta Obilale. Pero el recuento de víctimas del atentado perpetrado por un grupo insurgente que reclama la independencia de la región de Cabinda no acaba aquí. La herida sigue sangrando.
Con sus disparos, los guerrilleros se han querido llevar por delante un bien tan escaso en África como es la esperanza, la ilusión. Han querido, inmisericordes, bajar el telón sobre una función que todavía estaba por empezar. Una representación que, aunque sólo sea por unos días, sirve para que millones de personas levanten la vista de su durísima cotidianeidad y acunen el sueño de vivir un momento de gloria al final de los noventa minutos que señalan el final de un partido de fútbol. Una nimiedad, desde luego. Pero el valor de lo nimio es muy diferente cuando se mira a través de un cristal menos empañado de opulencia que el nuestro.
África se dispone a vivir la fiesta de su fútbol. La misma que desde Europa se ningunea tildándola de contratiempo, de distorsión del frenético calendario futbolístico europeo, de oprobio a los intereses de los clubs del Viejo Continente que callan en cambio cuando lo que sobrecarga las piernas de sus valiosos futbolistas es la disputa del cetro europeo o la conveniencia de exóticas giras de exhibición que alimenten sus henchidas arcas.
Qué hermoso sería que, aunque fuera por una vez, África pudiera disfrutar de sus sueños en paz y no temiera que, una vez más, se los arrebatara el siniestro silbido de una bala.
diumenge 10 de gener de 2010
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