divendres, 29 de gener del 2010

La sombra, la sombra…

El fútbol español casi nunca tiene tiempo para apartar la mirada de los grandes; vive hipnotizado hasta por las mayores nimiedades de los clubes, los entrenadores y los jugadores de los equipos para los que cada derrota es una inexplicable subversión de la lógica.

Tan sólido es el hipnotismo, tan grande la fascinación, que apenas queda espacio –aire que respirar- para cualquiera que forme parte del circo futbolístico español pero no se mueva en la órbita que transitan, ajenos a los demás, los gigantes de nuestro balompié.

Así es como quedan recluidos en la sombra tantos y tantos personajes que bien merecieran, aunque fuera mínima, una pequeña parte de las atenciones que se prodigan con generosidad (y escaso sentido de la mesura, vale decir) a otros.

Pienso, por ejemplo, en José Luís Mendilibar.

Futbolista de carrera sin brillo que nunca superó el umbral de la segunda división y que, ya como técnico, ha vivido sus jornadas de mayor gloria en las catacumbas más modestas del fútbol o en esos mismos campos de segunda que lo vieron como jugador.

Mendilibar parece vivir con más alivio que envidia el olvido forzoso que por estas tierras se dispensa a quienes no encajan en el molde de estrella.

Libre de los molestos reflejos y las cegueras pasajeras que, muy a menudo, provocan los focos excesivamente brillantes, el técnico vasco dirige desde 2006 con un punto de pausa y un mucho de sentido común la trayectoria del Valladolid, uno de esos equipos que casi siempre ven la gloria de lejos y hacen de la supervivencia un arte.

Sabiendo que quien despunte en su plantilla no tardará en emprender viaje hacia otros lugares; que el verano difícilmente le traerá nombres de relumbrón con los que taponar las eventuales sangrías que dejaría en su equipo una temporada algo más rica en satisfacciones de lo habitual; que las victorias nunca llegarán sin cantidades ingentes de esfuerzo y trabajo y, al final, pueden ser más los sinsabores que las alegrías. Sabiéndolo. Todo eso y más.

Sabiendo tantas y tantas cosas, Mendilibar no le pierde el gusto al juego bien trenzado y se niega a coquetear con ese pragmatismo mal entendido que lleva a tantos otros entrenadores a pensar que el fútbol de ataque no casa bien con los presupuestos pequeños.

Se aplaude – y sería ilógico no hacerlo- a determinados técnicos que se mantienen fiel a sus planteamientos ofensivos, considerándolo un mérito en sí mismo, aun incluso cuando disponen de mimbres en su equipo más que suficientes para desarrollar un juego que piense más en la portería del rival que en la propia. En esos casos, se sigue creyendo que todo el mérito de ese fútbol orientado al gol es una muestra de la imperturbabilidad de las convicciones del entrenador y no una consecuencia, más o menos innegociable, del talento y las capacidades naturales de sus jugadores.

Y, por contra, qué cicateros somos cuando llega el momento de entregar admiración a personas como Mendilibar, capaces de obrar el milagro una y otra vez de alumbrar buen fútbol allí donde otros sólo verían la posibilidad de armar un equipo aguerrido y, en el mejor de los casos, fiable.

Cuánto nos cuesta elogiar (no desde la condescendencia, sino desde la sinceridad) a quien necesitado de puntos y asomado al abismo le dice a sus jugadores que vayan a buscar a los del todopoderoso F.C. Barcelona en su propio campo. Que los esperen a campo abierto y acudan al intercambio de golpes sin pensar en lo que dejan a sus espaldas.

Algunos dirán que no tiene nada que perder y que dando la derrota por hipótesis válida y aceptable, se puede soñar sin temor con la victoria. Otros diremos, y creo que nos acompaña la razón, que en realidad eso es convicción y fidelidad a un estilo. Verdadera convicción y fidelidad a un estilo.


diumenge, 17 de gener del 2010

Ponerle riendas a la locura

Enloquecido, febril, bipolar, ciclotímico, imprevisible…el Atlético de Madrid es una convulsión permanente. Una institución que ha hecho de su existencia un camino de excesos, empedrado de alegrías mayúsculas y tristezas superlativas. Un equipo que vive con normalidad en mitad no ya de lo improbable, sino incluso también de lo imposible.

A Quique Sánchez Flores le ha tocado en suerte el papel de jefe de pista de un circo vacilante. La papeleta de enmendar un proyecto llamado a grandes cosas y reducido a esperpento. El reto de mirar a su alrededor y acostumbrar los sentidos a aceptar como normal un paisaje donde se añoran los puntos referenciales y sobran los de fuga.

Llegó jovial su Atlético a Huelva y regresó a Madrid con el zurrón repleto de piedras vergonzantes, para después enmendar la plana en una noche de delicioso descontrol, de fútbol gonzo, de dientes apretados y afición entregada a la ceremonia dionisiaca de ligar su corazón a los vientos, siempre cambiantes, que animan el tránsito atlético.

Un acto muy propio de la ópera -a veces bufa, a veces sublime- que el Atlético de Madrid va entretejiendo con el paso de los años a orillas del Manzanares.

Entre las dos noches de la eliminatoria copera que acabó saldándose con la clasificación de los madrileños, Quique Sánchez Flores se graduó como director del destino del Atlético. Rompiendo con esa norma que pide a los entrenadores mimetitzarse con el resto del equipo en la derrota y entonar una letanía de mea culpas de resonancias siempre huecas, el entrenador habló con la voz del aficionado para cargar contra unos jugadores que le causaban vergüenza y que, a su entender, andaban lejos de comprender en qué consistía (en qué consistía verdaderamente) su profesión.

La diatriba surtió efecto y el Atlético borró la afrenta bajo el aliento de la sufrida afición colchonera. Sánchez Flores acertó a adivinar que en su nuevo equipo los latidos del corazón los va dictando el mismo hemisferio cerebral que rige (o padece) las pasiones y que antes que análisis de movimientos dibujados sobre un pizarrín, lo que sus jugadores demandaban era el recuerdo de quiénes eran.

Está por ver si este lenguaje es el que más conviene al técnico madrileño. Un hombre de apariencia tranquila al que se le adivina una querencia por el método y lo sistémico que quizás no case bien con la dermis tormentosa y caótica de la institución que lo acoge. Ponerle riendas a la locura nunca fue tarea fácil…

diumenge, 10 de gener del 2010

El sueño siempre roto

En África, las balas rompen cuerpos, encogen corazones y destrozan sueños cada día. De martirizar los sueños, cuerpos y corazones que las balas no alcanzan, se ocupan la desnutrición, el SIDA, la miseria, la corrupción…

En África, cuando se es niño, al fútbol se juega descalzo y con cualquier objeto, por herrumbroso que sea, haciendo las veces de balón y portería. En el más martirizado de todos los continentes, el fútbol es alegría; ganas de vivir, aún cuando vivir sea superar una carrera de obstáculos.

El ataque contra los integrantes de la selección de Togo se ha llevado por delante la vida de tres miembros de la expedición y ha dejado pendiente de un hilo la del meta Obilale. Pero el recuento de víctimas del atentado perpetrado por un grupo insurgente que reclama la independencia de la región de Cabinda no acaba aquí. La herida sigue sangrando.

Con sus disparos, los guerrilleros se han querido llevar por delante un bien tan escaso en África como es la esperanza, la ilusión. Han querido, inmisericordes, bajar el telón sobre una función que todavía estaba por empezar. Una representación que, aunque sólo sea por unos días, sirve para que millones de personas levanten la vista de su durísima cotidianeidad y acunen el sueño de vivir un momento de gloria al final de los noventa minutos que señalan el final de un partido de fútbol. Una nimiedad, desde luego. Pero el valor de lo nimio es muy diferente cuando se mira a través de un cristal menos empañado de opulencia que el nuestro.

África se dispone a vivir la fiesta de su fútbol. La misma que desde Europa se ningunea tildándola de contratiempo, de distorsión del frenético calendario futbolístico europeo, de oprobio a los intereses de los clubs del Viejo Continente que callan en cambio cuando lo que sobrecarga las piernas de sus valiosos futbolistas es la disputa del cetro europeo o la conveniencia de exóticas giras de exhibición que alimenten sus henchidas arcas.

Qué hermoso sería que, aunque fuera por una vez, África pudiera disfrutar de sus sueños en paz y no temiera que, una vez más, se los arrebatara el siniestro silbido de una bala.