dilluns, 27 de desembre del 2010

El niño en la banda

Leo en El País que hace años, allá en el Rosario natal de Messi, Lionel empezó a pisar las canchas escorado a la derecha, pegado a la cal de la banda, en la misma posición en la que se dejó ver en sus primeras apariciones en el Camp Nou. Leo que si así fue, no tuvo demasiado que ver con sus características como futbolista, sino con la conveniencia de que el minúsculo Messi jugará cerca de las gradas desde donde le seguía con la mirada su madre. El argentinito que un día abriría la boca del mundo se hizo extremo por el temor de su entrenador de que en un momento del juego el niño futbolista quedara arrinconado por el niño a secas y se rompiera la magia de un buen escorzo por la irrupción de una llantera inesperada o el temblor del liliputiense entre gigantes.

Leo el artículo y me viene a la cabeza el recuerdo de planos perdidos de retransmisiones deportivas con el rostro de Messi, serio, concentrado, ceñudo incluso. Expresión idéntica a la de cualquier otro niño enfrentándose a los trabajos de Hércules que los adultos miramos con condescendencia, divertidos y enternecidos por el esfuerzo que dedican a las aparentes naderías de sus juegos.

Messi sigue jugando, con esa misma concentración que todo niño sabe hay que dedicar al juego. Nada parece haber cambiado, salvo que alrededor de su juego, todos nos hemos convertido en niños. Serios, concentrados, ceñudos, incluso, ante la aparente nadería de unos tipos persiguiendo un balón...afortunadamente, el fútbol siempre fue cosa de niños.

diumenge, 19 de desembre del 2010

Del fútbol como experiencia estética

Hasta hace muy poco, hubiera dicho sin la rémora de la duda que el fútbol quedaba reducido a poco si se cercenaba la esperanza en la victoria propia o la posibilidad de regodearse en el fatalismo de tener la certeza de saber que la derrota es una posibilidad siempre cierta. A la pregunta de en qué queda el fútbol anestesiado de incertidumbre y emoción, no me hubiera costado sentenciar que en esas circunstancias el rodar del balón se convierte en sombra grisácea de sí mismo. En espejismo sin alma.

Lo hubiera dicho y sigo creyendo que, en esencia, es cierto. Que la emoción del resultado es componente inextirpable a la pasión de cualquier aficionado a un espectáculo que se construye sobre promesas y deseos. Pero de un tiempo a esta parte, me veo obligado a introducir matices en mi apreciación. Privado de emoción, el fútbol puede seguir siendo absolutamente bello. Puede desprenderse de su condición primigenia, elevarse por encima de ella, y convertirse en una experiencia estética pura que, a su paso por los sentidos, transmuta en alimento del espíritu y verdades profundas.

Me falta por comprobar si en su nuevo ropaje ontológico, este fútbol liberado de la tiranía de la emoción es capaz de igualar la capacidad de seducción de un fútbol sostenido sobre certezas inestables.

dissabte, 27 de novembre del 2010

De vuelta

En alguna ocasión faltó el tiempo; las más de las veces faltaron las ganas.

Así han ido pasando las semanas y los meses, se han ido desgranando las jornadas y los acontecimientos, caducaron los buenos propósitos sin causarme, debo reconocerlo, un gran pesar.

Quise escribir sobre el destemplado adiós de Ibrahimovic y las despedidas de quienes fueron, como es el caso de Guti y Raúl, santo y seña de un madridismo ebrio de promesas de la mano de Mourinho.

Pensé ( ¿y cómo no hacerlo?) en dedicar unas líneas al técnico luso, pero me superó la aversión a la megalomanía.

El rostro aniñado de Bojan cruzado de sombras y melancolías por la ausencia del gol estuvo cerca de hacerme desempolvar el teclado para pergueñar alguna cosa sobre esa tristeza, singular e inconfundible, del delantero que pierde el favor del gol, la razón de su estar sobre el campo.

Me planteé trazar un elogio de la meritoria labor de Pochetino al frente de un Espanyol en perpetuo tránsito entre cielo e infierno, permanentemente ocupado en la tarea de encontrarse en un espejo alternativamente cóncavo y convexo.

Pude haber dedicado un rato a cualquiera de estos temas y a muchos otros que en algún momento acertaron a encontrar alguna grieta en el velo de indiferencia que ha recubierto de silencio este modestísimo espacio de reflexión futbolística. Pude y no lo hice. Quizás sea hora de regresar.

dilluns, 2 d’agost del 2010

Redención

El juego de la selección española en el tramo final del campeonato y su agónica victoria contra el combinado holandés en el más crucial de los partidos han servido para redimir, aunque sea en parte, un Mundial rácano como pocos en fútbol. En el post Añoranzasya explicité suficientemente el hartazgo que tan esperado campeonato me produjo. Desde que lo escribí hasta que el odioso jabulani dejó de rodar, pocos motivos encontré para variar mi postura. Ha sido éste un Mundial donde los mejores detalles los han dejado selecciones simplemente atildadas, apenas cumplidoras. Bloques más o menos bien armados. Casi nunca equipos con verdadera capacidad para emocionar. En lo estrictamente futbolístico, el debe del Mundial ha acabado siendo bastante más abultado que el haber.

Así pues, frente a semejante secarral balompédico, resulta inmensamente grato que el cetro haya acabado siendo para el equipo español, probablemente el único de los contendientes que, aunque sólo fuera de forma racheada, dejó instantes para el recuerdo y se plantó en Sudáfrica con una concepción sólida y atractiva de aquello en lo que consiste jugar a fútbol.

A España le costó encontrarse y aún más mostrarse. Se le atragantó la condición de favorita y los nervios se convirtieron en verdaderos nudos que trababan las piernas y nublaban el pensamiento de sus jugadores. Se le intuía la voluntad, se atisbaban las ideas y se entreveía la calidad, pero, espeso y obtuso, su juego chocaba inútil y estéril contra los alambres de espino y los sacos terreros de sus rivales. Así las cosas, el campeonato fue convirtiéndose en un punzante trantrán por el que España transcurría palidecida, dejando injustificadas las expectativas y amenazando con hacer buenos los presagios de los agoreros que afilaban, no sin cierto placer, el consabido ya lo decía yo.

Todo cambió con el campeonato entrando en su tramo final. Frente a Alemania en semifinales y contra Holanda en el postrer acto del Mundial, España acabó por reencontrarse con su juego y recuperar las coordenadas estilísticas que a día de hoy le son propias. Y el hallazgo sirvió, de pasó, para dignificar la memoria del primer mundial celebrado en tierras africanas. Gracias al gol de Iniesta, podemos esquivar temporalmente la tentación de llorar al pobrecito fútbol que llegado el momento de mostrarse en todo su esplendor, tan sólo acierta a dejar en la retina un espectáculo triste y desaborido.

dijous, 24 de juny del 2010

Añoranzas

Qué terrible paradoja sentir nostalgia de fútbol en pleno mundial; qué tristeza ver rodar el balón sin el hormigueo de la excitación; qué vacío puede ser el balompié cuando está huérfano de emoción.

En este fútbol nuestro de hoy en día, con facilidad para crear estrellas pero insultante incapacidad de forjar leyendas, el primer Mundial que toma África por escenario está resultando de una tal inconsistencia en lo que concierne al juego desplegado por la inmensa mayoría de los contendientes, que seguirlo con puntualidad se está convirtiendo en un acto de contrición. Un penoso esperar alimentado por la esperanza del destello, el ápice de magia que quienes disfrutamos de este deporte sabemos o queremos creer que ha de llegar de forma inexcusable cuando 22 personas se reúnen para jugar con el balón como epicentro de sus deseos.

Veo a Francia con la grandeur hecha unos zorros, perdida para la causa futbolística por obra y gracia de una generación de jugadores agotada y pasto de epílogos y un entrenador mínimo, vulgar, romo de pensamiento y obra, ridículo y petulante.

A una Inglaterra desnaturalizada, despojada de sus ancestrales virtudes, capaz de ceder el cetro de delantero centro a tipos como Heskey sin ruborizarse, buscando la gloria por el camino siempre tortuoso –insufrible- que dictan los entrenadores apegados al más rancio ideario futbolístico de la escuela italiana.

La propia Italia, con su aire de quietismo lampedusiano, repitiendo hasta la náusea el guión de fútbol anémico y resultadismo que constituye su hábitat natural.

Retomo, como siempre cada cuatro años, el ejercicio de estilo que constituye la propuesta de Holanda desde la mágica irrupción de aquella Naranja Mecánica a la que Alemania nunca debió arrebatar un Mundial. Una selección neerlandesa obligada siempre a revivir aquellos cuasi-laureles y mantenerse fiel a unos principios estéticos y mecánicos, tiranizada por la Historia pero, aún así, digna de elogio.

Me reencuentro con Argentina, siempre Argentina. Comandada por el más grande desde el banquillo y llevando a Messi como paso sacramental, tirando de oficio, solidez y sacrificio allí donde pueda escasear el talento. Propuesta enjundiosa la suya. Argentina ha tenido la dignidad de mirarse con sinceridad en el espejo y hacer inventario preciso de virtudes y carencias.

Miro esperanzado a Paraguay, aplaudo el juego de Chile y me descubro ante el loco Bielsa, pienso si será esta vez cuando México hará buenas las expectativas que permanentemente alimenta y descubro, no sin horror, que quizás pronto habrá que dar trato de grande a un país, los Estados Unidos, donde el rebautizado soccer es un pasatiempo menor y desprovisto de carga anímica.

Me desespero con la infatigable terquedad del fútbol africano en descomponerse llegadas las grandes ocasiones. Un fútbol lastrado por un delirante calendario de clasificación, las impúdicas presiones que los clubes europeos ejercen sobre sus mercenarios africanos y que nunca se atreverían a ejercer sobre sus mercenarios europeos. Roto por la voluble e infantil voluntad de los dirigentes de algunas federaciones nacionales que sustituyen apenas meses antes de celebrarse el Mundial a los entrenadores que han dado forma a sus equipos por técnicos con el prestigio forjado en Europa y currículums más abultado pero supina ignorancia de los grupos humanos a los que han de timonear, avergonzados de acudir al gran torneo sin la inexcusable dosis de pedigrí en el banquillo. Un fútbol que en Sudáfrica ha sufrido el mal fario en forma de inoportunas lesiones cebándose agoreras sobre algunas de sus más rutilantes estrellas. Un fútbol que, sobre todo, debe seguir soportando el paternalismo de tintes coloniales de los sesudos analistas que se quejan, amargamente, de una supuesta desnaturalización del juego ofensivo, alegre y colorido que, a su entender, resulta propio de las naciones africanas. En tiempos de gris mortecino, esta llamada a desterrar los preceptos graníticos que actualmente se imponen en el terreno futbolístico pudiera ser tomada como un elogio. No lo es. Detrás de la exaltación de la viveza y el color subyace la convicción de que orden, disciplina y sacrificio –virtudes tan luteranas- resultan en exceso elevadas para el fútbol africano. Los periodistas europeos siguen adentrándose en el balompié que se juega en África como quien avanza hacia el corazón de las tinieblas.

Mundial de insufrible zumbido de vuvuzelas y estúpidos balones con sello de multinacional reproducidos en serie por trabajadores pakistaníes para deleite de niños y niñas del mundo entero a razón de 60 euros al mes. Mundial que me despierta añoranzas de otros tiempos y otros mundiales, en los que el primer giro del balón sobre el césped de un estadio me parecía la antesala de un ratito de gloria.

dissabte, 1 de maig del 2010

La prosa

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca

debes rogar que el viaje sea largo,

lleno de peripecias, lleno de experiencias.

No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,

ni la cólera del airado Posidón.

Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta

si tu pensamiento es elevado, si una exquisita

emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.

Konstantinos Kavafis

Durante toda la temporada, la final del Bernabéu ha sido la Ítaca hacia la que el F.C. Barcelona ha enfilado obsesivamente la proa. La tierra de promisión, el santuario que violar y ultrajar antes de regresar a casa con una de las páginas más brillante de su historia escrita para gozo de la posteridad.

Un Barça empecinado en sacudir de su cabeza los ecos de aquella advertencia de su técnico que señalaba que este equipo perdería en todas las comparaciones que quisieran hacerse respecto al ejercicio anterior; que miraba de soslayo alguna que otra sombra que con el paso de los meses y a medida que avanzaba la temporada se iba instalando a lado y lado del camino, amenazando su periplo.

Con un trote menos harmónico y acompasado que el que exhibiera hace unos meses pero con loable fidelidad a un estilo y una forma de entender la ontología profunda del balompié que no puede más que ser objeto de elogio, el Barcelona ha ido sorteando escollos en su viaje a Ítaca y derrochando confianza. Quien sabe si quizás preso de la candidez de confiar que jugar mejor es sinónimo perfecto de vencer. O simplemente gozoso de sentir que, probablemente por primera vez desde su mismísima fundación, el viento de la Historia hinchaba con brío, juvenil e irresponsable, sus velas.

Se presentó el conjunto de Guardiola al turno de vuelta de la semifinal que le enfrentaba al Inter de Milán con el orgullo lastimado y el espíritu repleto de magulladuras que clamaban reparación. La diferencia respecto a tantos otros capítulos en la longeva existencia del club fue que, en esta ocasión, lo hacía envuelto en una nube de confianza. En un bullicioso marasmo de expectación, donde no cabía lugar para dudas o titubeos. Como nunca antes, el espíritu colectivo del F.C. Barcelona sentía que se arremolinaba en torno a un estandarte que, ahora sí, valía la pena defender. Un estandarte tejido con el rastro que ha dejado en la memoria de los aficionados al fútbol del mundo entero el juego primoroso que ha sido capaz de desarrollar en los últimos tiempos un equipo construido sobre la espina dorsal que conforma la muchachada de la cantera. Como nunca antes, la afición se sintió el centro de un triángulo de proporciones casi místicas que toma La Masía, Messi y un anuncio de UNICEF sobre el pecho como vértices sacrosantos. Como nunca antes, la gente creyó que, pese a la consabida ceguera, la Justicia estaría de su lado y la lírica acabaría doblegando el pragmatismo feroz del catenaccio.

Nadie como Mourinho para ejercer de despertador de tanto ensueño y recordarnos que Justicia es un término difícil de conjugar, demasiado plagado de aristas y recovecos para admitir lecturas unívocas o encorsetarlo en el lenguaje de la lógica formal.

Sobre el verde de un Camp Nou vestido de gala, acudieron al choque visiones contrapuestas de lo futbolístico y, quizás, incluso de la vida misma. No podía renunciar el Barcelona al hálito poético de su juego, ni siquiera llevado por los arrebatos que exige una remontada o, lo que es lo mismo, la necesidad de revertir contra pronóstico el tránsito normal de una situación. Tampoco se le podía exigir a Mourinho que abrazara la lírica y renunciara a esa prosa rocosa y fabril que desde siempre ha constituido su discurso futbolístico.

Ni Guardiola ni el portugués incurrieron en el error de desnaturalizarse.

Mourinho sublimó la vocación defensiva que desde siempre acompaña al fútbol italiano pese a no contar en las filas de su equipo titular con un solo jugador de esa nacionalidad. Desde su trono, comandó un ejercicio de contención impecable capaz de ofuscar y empequeñecer hasta la asfixia el fútbol coral, de quiebros e imposibles, que el Barcelona es capaz de exhibir. Guardiola buscó probablemente con más precauciones de las que hubieran sido convenientes la grieta en el muro transalpino que permitiera albergar la esperanza de desballestar semejante exhibición de músculo y solidez sin llegar a encontrarla ni dar con los resortes de cambio en un guión que irremediablemente avanzaba hacia un final en el que el Barça acababa por equivocar fatalmente su rumbo hacia la ansiada Ítaca.

Con el pitido final, en el momento en que el fiel de la balanza se vencía por el lado ocupado por el plato interista, la pragmática había vuelto a imponerse, una vez más, a la poética, la realidad al sueño, la disciplina a la gambeta. Sin apelar a la grandilocuencia de invocar la justicia, que cada cual tome partido. El público del Camp Nou lo hizo y desde mi casa, todavía, días después, veo en algún balcón banderas del F.C. Barcelona ondeando, pesarosas y deliciosamente ilógicas; banderas para la derrota más dolorosa.

diumenge, 11 d’abril del 2010

Acto final

En su visita al Bernabéu, el F.C. Barcelona dejó una herida en el cuerpo y el alma del conjunto blanco por la que, con mucha probabilidad, al equipo presidido por Florentino Pérez acabará por escapársele la Liga. Una tajo profundo de donde brota una hemorragia caudalosa que sitúa lejos, muy lejos, del alcance del Real Madrid el presente campeonato, último horizonte de salvación para un proyecto de tintes faraónicos que amenaza ruina y desplome precoces. Acto final. Telón y silencio sepulcral. O, quizás, telón y airada despedida.

Pese a lo lícito de albergar esperanzas y a la evidencia matemática de que todo está por decidir; pese a la terquedad del rodar del balón en demostrar que en el universo balompédico los imposibles son pocos, en la noche de ayer los goles de Messi y Pedro apagaron, qué duda cabe, las luces del madridismo. Con sus tantos, la pareja mostró el finis terrae al conjunto capitolino. La puerta de salida en su inconcluso y abortado viaje hacia la gloria a un Real Madrid al que no le ha bastado con la inmensa brillantez de sus números ligueros para sacudirse los fantasmas de la irregularidad y las medias tintas.

La derrota del pasado sábado, la segunda afrenta a domicilio que el equipo barcelonés inflige a domicilio de forma consecutiva a su eterno rival, tiene aires de claudicación. Aires de punto y final a una carrera desbocada, espasmódica, imperfecta; apasionante por momentos, desordenada siempre.

Durante todo lo que llevamos de campeonato, el Madrid luchó contra un Barcelona soberbio a base de tesón, fe y coraje, perpetuamente aliado con el vértigo y la épica, entregado a los arrebatos electrizantes de su delantera y al genio intermitente e imprevisible de jugadores como Guti. Voluntaria o involuntariamente, el equipo de Chamartín sólo encontraba el camino iluminado cuando a su alrededor crecían las llamas, obligado a jugar con fuego una y otra vez y a hacer de su existencia un inacabable catálogo de malabarismos que, por lo peligrosos, acabaron por resultar hipnóticos para el espectador.

En la noche de ayer, esas mismas llamas acabaron por devorar al Real Madrid y a su técnico. Pellegrini perdió su envido a grandes y chicas y acabó ninguneado en su particular duelo de pizarrines con un Guardiola que casi nunca marra el tiro cuando opta por convertir el verde del césped en un inmenso tablero de ajedrez sobre el que dar forma a sus intuiciones. En la velada que acabaría siendo la de su rendición, el buen entrenador chileno volvió a demostrar que no sabe cómo rellenar de sustancia futbolística la medular de su equipo. La misma zona, precisamente, donde el F.C. Barcelona rara vez concede traspiés y donde tiene su génesis el movimiento de engranajes que, entre lo mecánico y lo poético, ha encumbrado el juego del equipo catalán.

Ahí, en los alrededores del círculo central, donde el fútbol se viste de pura simbología, es donde han nacido todos los demonios de este Real Madrid. A las órdenes de Pellegrini, el mediocampo madridista nunca ha estado seguro de sus obligaciones ni ha sabido cuáles eran sus posibilidades. Para desgracia de su equipo, la medular le ha sido indescifrable al chileno, incapaz de dar con proporciones y medidas o de aplicar rigor en el balance entre ataque y defensa. Indefinido, siempre indeciso entre creación o contención; incapaz de quedarse con una única opción a la hora de elegir si es mejor juntar las líneas en la zona de vanguardia o, por el contrario, en la de retaguardia, si conviene más presionar arriba o esperar atrás. Dicotomías sin solución. Poco arte y demasiado ensayo.

La medular es la zona de sombra y penurias que durante todo el curso ha lastrado el juego del Real Madrid. Con un reparto abundante en excelentes actores secundarios pero huérfano de timón y, las más de las veces, de concierto, la media madridista se ha convertido en un páramo que el Barcelona retrató con cruel espíritu naturalista en la noche en la que condenó al Madrid ha llorar amargamente su presente y mirar con inquietud hacia un futuro que debiera ser infinitamente más diáfano de lo que hoy lo es.

diumenge, 7 de març del 2010

Pellegrini, piano desafinado (Claroscuros)

El Madrid se hizo con el liderato hilvanando un precioso ejercicio de domesticación de la electricidad. Se diría que empieza aceptarse a sí mismo y ha dado, finalmente, con la respuesta a la peliaguda cuestión ontológica que desde hace años le atormenta en perpetua búsqueda de su identidad. El Real Madrid se ha encontrado. Se ha reconocido en el espejo cuando ha optado, ahora ya abiertamente, por situarse frente a un escenario de verticalidad desbocada, de vértigo y filos afilados; de cornisas estrechas donde el resbalón fatal siempre es una posibilidad cierta.

El Real Madrid se ha encontrado y lo ha hecho a espaldas de la voluntad de su entrenador. Pellegrini no se aferra a una Idea. Más bien se diría que sufre de anemia en lo tocante a la imaginación y raquitismo en lo que se refiere a la creatividad.

Mantiene impertérrito su apego por un esquema que ha dado sobradas muestras de ser un pozo sin fondo. Se empecina en canalizar su juego a través de una dupla, Lass-Alonso, titubeante en su faceta de creación y profundamente imperfecta como muro de contención.

El equipo blanco necesita del toque a rebato para ser capaz de emitir todos los destellos que, en buena lógica, ha de poseer un conjunto tan exuberante en calidad. Demanda su juego transiciones fugaces y mantener el balón permanentemente en las inmediaciones del arco contrario. Cuando no lo consigue, su fútbol, por improbable que pudiera parecer, se torna extrañamente romo y su respiración se torna un abrir-cerrar casi desesperado de branquias.

Mira Pellegrini desde el banco y parece no entender. Titubear. El centro del campo se le aparece como una ciénaga indescifrable, un misterio irresoluble. Observa sin querer ver que su dibujo es apenas un borrón, con la media y la delantera separadas por una inmensidad de vacío, con el equipo estirado hasta lo inconcebible. Mira y mira y es sólo por casualidad que cae en la conclusión de que son tipos como Guti quienes pueden hacer de esa inmensidad un espacio habitable; confortable, incluso. Un Eldorado desde donde habilitar a sus ilustrísimos compañeros para, como sucedió ante el Sevilla, crear una primoroso mosaico de recursos ofensivos. Mira y mira, y es sólo por casualidad…

Claroscuros II: Guardiola, el sueño de la razón…

…produce monstruos. No tiene nada de desesperada la situación del conjunto azulgrana, pero mirando hacia los rincones en penumbra de su presente, se pueden adivinar los ojos amenazadores de esos fantasmas, esos monstruos, que Guardiola lleva tiempo intuyendo y que, ahora sí, parecen próximos a dejarse ver.

Demasiado a menudo el juego del Barça se convierte en un arabesco estéril; en un preciosismo destemplado; en tauromaquia de salón.

Algo se ha roto en el interior de ese hipnótico silogismo que es el juego del mejor Barça y que convertía la victoria como solución necesaria, innegociable, al cúmulo de proposiciones que sus jugadores son capaces de cincelar sobre el campo.

Como propuesta colectiva, el fútbol del Barcelona padece agarrotamiento allí donde antes abundaba con más generosidad la fluidez.

Guardiola ha demostrado de forma más que sobrada conocer los resortes internos de este equipo, entender sus necesidades y conocer a la perfección su geografía anímica. Ha sabido crear desde los presupuestos de lo coral para agrandar virtudes y soterrar carencias. Que encuentre salida a la calma chicha en la que su equipo amenaza con quedar varado es, no lo duden, una mera cuestión de tiempo.

Lillo, el sacrificio sin fin (Claroscuros III)

Llegó el vasco a tierras almerienses y el conjunto blanquirrojo se reencontró con el fútbol. Grata noticia para todos aquellos que, como quien suscribe estas líneas, siempre han mirado con simpatía la figura de Lillo.

Casi siempre desconfío del elogio desmesurado de la pragmática, pues tiendo a creer que esconde una apelación indisimulada a la renuncia, a la rendición incondicional, sabiendo que hay batallas que no deben ser esquivadas, aún si el resultado es incierto o la victoria inalcanzable.

No es el caso de Lillo; el aluvión de pragmatismo que el correr de los años ha ido depositando en su forma de entender el fútbol no tiene nada de renuncia ni de claudicación y sí en cambio mucho resolución del conflicto que le llevaba a encorsetar su propuesta bajo un manto de aprioris y a convivir con la convicción de que el sistema se bastaba a sí mismo para sostenerse, sin atender a la singularidad de quienes debían hacer de todo ese corpus teórico algo tangible.

A lo largo de su carrera, Lillo parece haber vivido en perpetua pugna entre fe y probabilidad, topando tozudamente contra una realidad que ha tenido por costumbre desmentirle en sus convicciones. Decantado hacia el plato de la fe, Lillo se ha situado voluntariamente en cuantas piras de sacrificio ha encontrado en su camino, dispuesto siempre a ofrecer su cabeza si era necesario para redimirnos de nuestra devoción por el resultado en positivo y el desdén por la forma. Mesianismo y tozudez, desde luego, pero también generosidad. Razón más que suficiente para desearle toda la suerte del mundo en su estancia en el banquillo del Almería.

divendres, 29 de gener del 2010

La sombra, la sombra…

El fútbol español casi nunca tiene tiempo para apartar la mirada de los grandes; vive hipnotizado hasta por las mayores nimiedades de los clubes, los entrenadores y los jugadores de los equipos para los que cada derrota es una inexplicable subversión de la lógica.

Tan sólido es el hipnotismo, tan grande la fascinación, que apenas queda espacio –aire que respirar- para cualquiera que forme parte del circo futbolístico español pero no se mueva en la órbita que transitan, ajenos a los demás, los gigantes de nuestro balompié.

Así es como quedan recluidos en la sombra tantos y tantos personajes que bien merecieran, aunque fuera mínima, una pequeña parte de las atenciones que se prodigan con generosidad (y escaso sentido de la mesura, vale decir) a otros.

Pienso, por ejemplo, en José Luís Mendilibar.

Futbolista de carrera sin brillo que nunca superó el umbral de la segunda división y que, ya como técnico, ha vivido sus jornadas de mayor gloria en las catacumbas más modestas del fútbol o en esos mismos campos de segunda que lo vieron como jugador.

Mendilibar parece vivir con más alivio que envidia el olvido forzoso que por estas tierras se dispensa a quienes no encajan en el molde de estrella.

Libre de los molestos reflejos y las cegueras pasajeras que, muy a menudo, provocan los focos excesivamente brillantes, el técnico vasco dirige desde 2006 con un punto de pausa y un mucho de sentido común la trayectoria del Valladolid, uno de esos equipos que casi siempre ven la gloria de lejos y hacen de la supervivencia un arte.

Sabiendo que quien despunte en su plantilla no tardará en emprender viaje hacia otros lugares; que el verano difícilmente le traerá nombres de relumbrón con los que taponar las eventuales sangrías que dejaría en su equipo una temporada algo más rica en satisfacciones de lo habitual; que las victorias nunca llegarán sin cantidades ingentes de esfuerzo y trabajo y, al final, pueden ser más los sinsabores que las alegrías. Sabiéndolo. Todo eso y más.

Sabiendo tantas y tantas cosas, Mendilibar no le pierde el gusto al juego bien trenzado y se niega a coquetear con ese pragmatismo mal entendido que lleva a tantos otros entrenadores a pensar que el fútbol de ataque no casa bien con los presupuestos pequeños.

Se aplaude – y sería ilógico no hacerlo- a determinados técnicos que se mantienen fiel a sus planteamientos ofensivos, considerándolo un mérito en sí mismo, aun incluso cuando disponen de mimbres en su equipo más que suficientes para desarrollar un juego que piense más en la portería del rival que en la propia. En esos casos, se sigue creyendo que todo el mérito de ese fútbol orientado al gol es una muestra de la imperturbabilidad de las convicciones del entrenador y no una consecuencia, más o menos innegociable, del talento y las capacidades naturales de sus jugadores.

Y, por contra, qué cicateros somos cuando llega el momento de entregar admiración a personas como Mendilibar, capaces de obrar el milagro una y otra vez de alumbrar buen fútbol allí donde otros sólo verían la posibilidad de armar un equipo aguerrido y, en el mejor de los casos, fiable.

Cuánto nos cuesta elogiar (no desde la condescendencia, sino desde la sinceridad) a quien necesitado de puntos y asomado al abismo le dice a sus jugadores que vayan a buscar a los del todopoderoso F.C. Barcelona en su propio campo. Que los esperen a campo abierto y acudan al intercambio de golpes sin pensar en lo que dejan a sus espaldas.

Algunos dirán que no tiene nada que perder y que dando la derrota por hipótesis válida y aceptable, se puede soñar sin temor con la victoria. Otros diremos, y creo que nos acompaña la razón, que en realidad eso es convicción y fidelidad a un estilo. Verdadera convicción y fidelidad a un estilo.


diumenge, 17 de gener del 2010

Ponerle riendas a la locura

Enloquecido, febril, bipolar, ciclotímico, imprevisible…el Atlético de Madrid es una convulsión permanente. Una institución que ha hecho de su existencia un camino de excesos, empedrado de alegrías mayúsculas y tristezas superlativas. Un equipo que vive con normalidad en mitad no ya de lo improbable, sino incluso también de lo imposible.

A Quique Sánchez Flores le ha tocado en suerte el papel de jefe de pista de un circo vacilante. La papeleta de enmendar un proyecto llamado a grandes cosas y reducido a esperpento. El reto de mirar a su alrededor y acostumbrar los sentidos a aceptar como normal un paisaje donde se añoran los puntos referenciales y sobran los de fuga.

Llegó jovial su Atlético a Huelva y regresó a Madrid con el zurrón repleto de piedras vergonzantes, para después enmendar la plana en una noche de delicioso descontrol, de fútbol gonzo, de dientes apretados y afición entregada a la ceremonia dionisiaca de ligar su corazón a los vientos, siempre cambiantes, que animan el tránsito atlético.

Un acto muy propio de la ópera -a veces bufa, a veces sublime- que el Atlético de Madrid va entretejiendo con el paso de los años a orillas del Manzanares.

Entre las dos noches de la eliminatoria copera que acabó saldándose con la clasificación de los madrileños, Quique Sánchez Flores se graduó como director del destino del Atlético. Rompiendo con esa norma que pide a los entrenadores mimetitzarse con el resto del equipo en la derrota y entonar una letanía de mea culpas de resonancias siempre huecas, el entrenador habló con la voz del aficionado para cargar contra unos jugadores que le causaban vergüenza y que, a su entender, andaban lejos de comprender en qué consistía (en qué consistía verdaderamente) su profesión.

La diatriba surtió efecto y el Atlético borró la afrenta bajo el aliento de la sufrida afición colchonera. Sánchez Flores acertó a adivinar que en su nuevo equipo los latidos del corazón los va dictando el mismo hemisferio cerebral que rige (o padece) las pasiones y que antes que análisis de movimientos dibujados sobre un pizarrín, lo que sus jugadores demandaban era el recuerdo de quiénes eran.

Está por ver si este lenguaje es el que más conviene al técnico madrileño. Un hombre de apariencia tranquila al que se le adivina una querencia por el método y lo sistémico que quizás no case bien con la dermis tormentosa y caótica de la institución que lo acoge. Ponerle riendas a la locura nunca fue tarea fácil…

diumenge, 10 de gener del 2010

El sueño siempre roto

En África, las balas rompen cuerpos, encogen corazones y destrozan sueños cada día. De martirizar los sueños, cuerpos y corazones que las balas no alcanzan, se ocupan la desnutrición, el SIDA, la miseria, la corrupción…

En África, cuando se es niño, al fútbol se juega descalzo y con cualquier objeto, por herrumbroso que sea, haciendo las veces de balón y portería. En el más martirizado de todos los continentes, el fútbol es alegría; ganas de vivir, aún cuando vivir sea superar una carrera de obstáculos.

El ataque contra los integrantes de la selección de Togo se ha llevado por delante la vida de tres miembros de la expedición y ha dejado pendiente de un hilo la del meta Obilale. Pero el recuento de víctimas del atentado perpetrado por un grupo insurgente que reclama la independencia de la región de Cabinda no acaba aquí. La herida sigue sangrando.

Con sus disparos, los guerrilleros se han querido llevar por delante un bien tan escaso en África como es la esperanza, la ilusión. Han querido, inmisericordes, bajar el telón sobre una función que todavía estaba por empezar. Una representación que, aunque sólo sea por unos días, sirve para que millones de personas levanten la vista de su durísima cotidianeidad y acunen el sueño de vivir un momento de gloria al final de los noventa minutos que señalan el final de un partido de fútbol. Una nimiedad, desde luego. Pero el valor de lo nimio es muy diferente cuando se mira a través de un cristal menos empañado de opulencia que el nuestro.

África se dispone a vivir la fiesta de su fútbol. La misma que desde Europa se ningunea tildándola de contratiempo, de distorsión del frenético calendario futbolístico europeo, de oprobio a los intereses de los clubs del Viejo Continente que callan en cambio cuando lo que sobrecarga las piernas de sus valiosos futbolistas es la disputa del cetro europeo o la conveniencia de exóticas giras de exhibición que alimenten sus henchidas arcas.

Qué hermoso sería que, aunque fuera por una vez, África pudiera disfrutar de sus sueños en paz y no temiera que, una vez más, se los arrebatara el siniestro silbido de una bala.