dimecres, 18 de novembre del 2009

El chico desvalido en el barco sin timón


La muerte de un futbolista tiene algo de imposible; de irreal, de absurdo. A ojos de los aficionados, la muerte nunca está entre los probables en la existencia de nuestros ídolos.

A fuerza de sobresaltos nos hemos ido convenciendo de que el corazón de una joven estrella puede dejar de latir sin previo aviso. Más difícil será obligar a la mente a la dolorosa acrobacia de convertir en plausible la idea de que un futbolista pueda percibir este mundo como una tortura y el mero respirar como una carga insoportable.

En el sinsentido de convertir a los futbolistas en seres ajenos a todo, sin más dimensión que la de héroes del balón que entrevemos por las rendijas que nos ofrecen los medios, nos olvidamos de considerar, aunque sea fugazmente, que al abandonar la parcela de césped, el futbolista se torna hombre. Y que la condición humana casi nunca está libre de miserias.

Robert Enke no era un hombre atribulado por problemas; no podía ser una persona, como tantas otras, cautiva de inseguridades y miedos. Como otros reinos, el suyo no debía ser de este mundo. Pero lo era. Lo entendimos cuando supimos que el portero alemán había elegido una vía férrea de Hannover para dejarlo todo atrás y acallar, para siempre, su corazón y su voz.

Hoy nos cuentan que el cancerbero teutón era un muchacho frágil. Que desde hacía años luchaba por ganarle la carrera a la depresión que incesantemente le perseguía. Que la muerte de su hija, tan absurda como ahora nos parece la suya, era un fantasma que emponzoñaba sin misericordia sus días. Hoy sabemos, y qué ridículo nos parece, que acudir al próximo mundial no significaba nada para él.

Del modo más doloroso, Enke nos ha obligado a entender que sin sus guantes, lo que quedaba era un chico de 32 años a quien le dolía haber nacido.

Ahora, me viene a la cabeza el recuerdo de su fichaje por el Barça, su rostro sonriente posando para los fotógrafos. Era muy joven entonces, llegaba con el aura de gran promesa, de apuesta de un futuro que pronto se tornó muy sombrío.

A Enke se lo tragaron las mismas aguas que en el año del retorno de Van Gaal al banquillo azulgrana engulleron, en algunos casos de un modo definitivo, el futuro de otros componentes de la plantilla. Mendieta, Riquelme, Sorín…para todos ellos, el horizonte se ensombreció en aquel Barça en el que creyeron poder alcanzar la gloria sin saber que no era más que un barco sin timón ni rumbo, perdido en círculos y sin puerto al que arribar.

Enke cargó sobre los hombros las consecuencias de una pésima tarde contra un rival menor. La prensa deportiva lo lapidó y armó contra él sus peores artes, haciendo del alemán una piñata con la que aliviar las muchas frustraciones que generó aquel equipo desangelado y sin alma.

Algunos dicen que fue entonces cuando se emborronó la sonrisa de Enke, y que después nunca volvió a brillar igual. Al parecer, de Barcelona y de su posterior paso por la liga turca, heredó un terrible miedo al fracaso que ya no había de abandonarle.

¿Es ese pánico el que acabó por ganarle el pulso a Robert? Quizás sea así, pero no lo creo. En Hannover, murió un hombre; no un futbolista, sino un hombre que se dedicaba profesionalmente a la práctica del fútbol. No volvamos a olvidarlo. No desoigamos lo que tan claramente nos gritó. Descanse en paz.

dissabte, 7 de novembre del 2009

Ballet estajanovista

Un empate y una victoria. Como en ocasiones sucede, el convidado de piedra cobró vida e, inesperadamente, el Rubin Kazan ha conseguido saldar en positivo su duelo de ida y vuelta con el vigente campeón de Europa.

Cuando enfrente se alza la figura imponente de un equipo teóricamente superior, la tarea del entrenador que maneja los hilos de la víctima votiva es identificar las potencialidades de las disminuidas huestes propias y acertar a acentuarlas en relación a las características del rival. Aplicar maquillaje a las debilidades de los tuyos y rastrear los puntos ciegos, las zonas de duda, los ámbitos de titubeo y los márgenes de conflicto del contrario. Dar con la clave que te permita desactivar los automatismos del equipo al que te enfrentas y descubrir el modo de borrar las líneas claves de su guión, aquellas que sirven de vigas maestras de su juego.

Atendiendo a este razonamiento, sólo cabe descubrirse ante la figura de Kuban Berdiev, un entrenador que, visto lo visto, merece ser recordado por algo más que lo de pintoresco pueda tener la imagen del rosario musulmán que nerviosamente cuelga de sus manos de principio a fin de los partidos.

Con la salvedad de Guardiola, generoso a la hora de elogiar el juego del equipo tártaro y la labor de su preparador, muchos han sido los cronistas que han querido rebajar los méritos del Rubin Kazan. Se recuerda incesantemente que el Barça acumuló méritos más que suficientes para haber ganado con cierta holgura ambos partidos; se habla de porcentajes de posesión de balón; se enumeran los disparos a puerta, las ocasiones en las que el balón se estrelló en la madera y demás parámetros que, es cierto, permiten asegurar que, efectivamente, la historia de los dos partidos bien hubiera podido tener un final muy diferente al ya escrito.

Y, sin embargo, todo lo dicho sigue sin servirme como explicación al hecho de que antes se hable de los deméritos del Barcelona –que los tuvo- que del evidentísimo mérito del conjunto procedente de la ciudad donde cursaron sus estudios Tolstoi y Lenin.

Berdiev asumió que su conjunto no tendría la posesión del balón como probablemente sí la tiene en su campeonato doméstico y se aprestó a obrar el milagro de intentar ganar un partido en el que la pelota puede acabar siendo un elemento del todo extraño.

Bajo su batuta, el equipo de Kazan tornó la refinada naturaleza del Rubí que su nombre evoca, en pura, granítica, solidez. Juntó las líneas con la convicción de quien responde a una idea preconcebida, hizo de sus ejes correas de distribución de bloques inmunizados a las grietas y apretó los dientes como ha de hacer quien sabe que le espera un calvario de final incierto.

De haber perdido ambos partidos como pudo haber sucedido, el elogio de Berdiev podría sonar a mera boutade. Nada en el fútbol escapa a la tiranía de los resultados. Sin embargo, con el aval de su abultado zurrón, resulta difícil no caer en la tentación de elogiar el prodigio de ingeniería defensiva planteado por el Rubin Kazan. Especialmente por ser una ingeniería instrumental, donde siempre dio la impresión –en el Camp Nou y a orillas del impresionante Kremlin de Kazan- que el equipo de Berdiev nunca cayó en la desconsideración de olvidarse del gol y salió a buscarlo, siempre que pudo, con orden y intención.