- Al chileno Manuel Pellegrini se le suponía la capacidad para armar un equipo con los carísimos mimbres que le proporcionó su presidente. Nos equivocamos. Hasta ahora, su cuaderno no ha dado muestra de ser algo más que un reseco erial entregado a la pirotecnia oportuna y puntual de sus estrellas.
Lleva años el Real Madrid desdeñando corsés tácticos y automatismos; confiando su suerte en exclusiva al tremendo potencial de sus líneas de vanguardia; dibujando partidos deslabazados en los que la ausencia de guión casi siempre acaba jugando a su favor.
Presumiblemente, Pellegrini debía ser quien alterara esa dinámica y redujera el grado de incertidumbre que en muchas ocasiones ha acompañado a los triunfos del equipo capitalino. De él cabía esperar que repitiera lo conseguido al frente del Vila-Real con piezas de menos relumbrón: constreñir las individualidades a las exigencias de un sistema, integrarlas en lo colectivo para, precisamente, mejor explotar después las particularidades de lo singular. Hasta ahora, su fracaso en la tarea es incuestionable.
Parapetado tras la letanía repetitiva y cansina de hablarnos de su equipo como una entidad en construcción en el que las piezas requieren de más tiempo para ensamblarse sin que se aprecien los costurones y apelando a los resultados conseguidos como aval de su trabajo, Pellegrini se ha limitado a sortear críticas y esquivar puyas. Poco más que añadir a su desembarco en las aceras de la Castellana.
Quizás el triste empate cosechado en el Molinón sea el límite de la estrecha baldosa de la que el chileno ha renunciado a moverse. El breve espacio en el que ha optado por permanecer fintando con pies juntos las dudas que su trabajo lleva tiempo generando entre quienes no entienden que la descomunal inversión monetaria del verano pasado no dé para ahorrarse bochornos como los provocados por el Sevilla o un Milan crepuscular.
Pellegrini se ha emborrachado de la misma indolencia que lo recubre todo en el Bernabéu desde hace lo que ya parece una eternidad. Con terquedad, insiste en no ver lo que a ojos de muchos son evidencias. No parece alterarle el pulso la contemplación de la lucha - a menudo infructuosa- de su centro del campo por hacerse con las riendas del partido; aún menos, ver que cuando se hacen con esas riendas, en no pocas ocasiones no se sabe qué hacer con ellas y la posesión del balón se convierte en un trámite que hay que cumplir sin entender con claridad la razón para ello. No se le ve sufrir cuando, imperturbable, entrega las bandas en usufructo a jugadores como Sergio Ramos, Marcelo o Drenthe, incapaces de vestir con garantías los oropeles de un extremo y poner cerco al área contraria. Nadie diría que se interroga sobre el papel desempeñado por Kaká, ostensiblemente confundido ante las implicaciones para él nuevas de la condición de engranaje gravitatorio de un ataque coral y desordenado, temeroso de quedar en tierra de nadie entre la consigna de colaborar en la construcción del juego y la pulsión de sumarse al purpúreo frente de ataque. No parece faltarle el aire a Pellegrini con las humaredas que desprenden los numerosísimos incendios que se le declaran en las inmediaciones del área propia, donde reina el permanente desconcierto entre los suyos a poco que el rival cometa la impertinencia de querer acercar el balón a los dominios de Casillas.
Mientras el juego del Real Madrid justifica el aluvión de interrogantes, a Pellegrini se le ha agotado el caudal de las respuestas sin apenas darnos ocasión de escuchar alguna. De forma inesperada, nos llega desde el banquillo blanco un torrente de balbuceos en substitución de lo que muchos pensábamos que sería un discurso al menos tan bien hilvanado como el que emitió durante años la caseta de local en El Madrigal. El desencanto, claro está, es más que justificado.
Si Pellegrini no recupera pronto la capacidad de habla, si no se da prisa en encontrar los resortes adecuados y descifrar los misterios que expliquen el soberano ejercicio de mediocridad en qué habitualmente se torna el juego de su equipo, su destino podría ser pronto el del peón sacrificado. Hace tiempo que el Madrid como institución se entregó a la devoción por las figuras que visten de corto y mal disimula su desdén por la mística del preparador técnico. Pésimo escenario para el chileno.
Fotografía: AFP. www.elpais.com