
La muerte de un futbolista tiene algo de imposible; de irreal, de absurdo. A ojos de los aficionados, la muerte nunca está entre los probables en la existencia de nuestros ídolos.
A fuerza de sobresaltos nos hemos ido convenciendo de que el corazón de una joven estrella puede dejar de latir sin previo aviso. Más difícil será obligar a la mente a la dolorosa acrobacia de convertir en plausible la idea de que un futbolista pueda percibir este mundo como una tortura y el mero respirar como una carga insoportable.
En el sinsentido de convertir a los futbolistas en seres ajenos a todo, sin más dimensión que la de héroes del balón que entrevemos por las rendijas que nos ofrecen los medios, nos olvidamos de considerar, aunque sea fugazmente, que al abandonar la parcela de césped, el futbolista se torna hombre. Y que la condición humana casi nunca está libre de miserias.
Robert Enke no era un hombre atribulado por problemas; no podía ser una persona, como tantas otras, cautiva de inseguridades y miedos. Como otros reinos, el suyo no debía ser de este mundo. Pero lo era. Lo entendimos cuando supimos que el portero alemán había elegido una vía férrea de Hannover para dejarlo todo atrás y acallar, para siempre, su corazón y su voz.
Hoy nos cuentan que el cancerbero teutón era un muchacho frágil. Que desde hacía años luchaba por ganarle la carrera a la depresión que incesantemente le perseguía. Que la muerte de su hija, tan absurda como ahora nos parece la suya, era un fantasma que emponzoñaba sin misericordia sus días. Hoy sabemos, y qué ridículo nos parece, que acudir al próximo mundial no significaba nada para él.
Del modo más doloroso, Enke nos ha obligado a entender que sin sus guantes, lo que quedaba era un chico de 32 años a quien le dolía haber nacido.
Ahora, me viene a la cabeza el recuerdo de su fichaje por el Barça, su rostro sonriente posando para los fotógrafos. Era muy joven entonces, llegaba con el aura de gran promesa, de apuesta de un futuro que pronto se tornó muy sombrío.
A Enke se lo tragaron las mismas aguas que en el año del retorno de Van Gaal al banquillo azulgrana engulleron, en algunos casos de un modo definitivo, el futuro de otros componentes de la plantilla. Mendieta, Riquelme, Sorín…para todos ellos, el horizonte se ensombreció en aquel Barça en el que creyeron poder alcanzar la gloria sin saber que no era más que un barco sin timón ni rumbo, perdido en círculos y sin puerto al que arribar.
Enke cargó sobre los hombros las consecuencias de una pésima tarde contra un rival menor. La prensa deportiva lo lapidó y armó contra él sus peores artes, haciendo del alemán una piñata con la que aliviar las muchas frustraciones que generó aquel equipo desangelado y sin alma.
Algunos dicen que fue entonces cuando se emborronó la sonrisa de Enke, y que después nunca volvió a brillar igual. Al parecer, de Barcelona y de su posterior paso por la liga turca, heredó un terrible miedo al fracaso que ya no había de abandonarle.
¿Es ese pánico el que acabó por ganarle el pulso a Robert? Quizás sea así, pero no lo creo. En Hannover, murió un hombre; no un futbolista, sino un hombre que se dedicaba profesionalmente a la práctica del fútbol. No volvamos a olvidarlo. No desoigamos lo que tan claramente nos gritó. Descanse en paz.
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