dissabte 7 de novembre de 2009

Ballet estajanovista

Un empate y una victoria. Como en ocasiones sucede, el convidado de piedra cobró vida e, inesperadamente, el Rubin Kazan ha conseguido saldar en positivo su duelo de ida y vuelta con el vigente campeón de Europa.

Cuando enfrente se alza la figura imponente de un equipo teóricamente superior, la tarea del entrenador que maneja los hilos de la víctima votiva es identificar las potencialidades de las disminuidas huestes propias y acertar a acentuarlas en relación a las características del rival. Aplicar maquillaje a las debilidades de los tuyos y rastrear los puntos ciegos, las zonas de duda, los ámbitos de titubeo y los márgenes de conflicto del contrario. Dar con la clave que te permita desactivar los automatismos del equipo al que te enfrentas y descubrir el modo de borrar las líneas claves de su guión, aquellas que sirven de vigas maestras de su juego.

Atendiendo a este razonamiento, sólo cabe descubrirse ante la figura de Kuban Berdiev, un entrenador que, visto lo visto, merece ser recordado por algo más que lo de pintoresco pueda tener la imagen del rosario musulmán que nerviosamente cuelga de sus manos de principio a fin de los partidos.

Con la salvedad de Guardiola, generoso a la hora de elogiar el juego del equipo tártaro y la labor de su preparador, muchos han sido los cronistas que han querido rebajar los méritos del Rubin Kazan. Se recuerda incesantemente que el Barça acumuló méritos más que suficientes para haber ganado con cierta holgura ambos partidos; se habla de porcentajes de posesión de balón; se enumeran los disparos a puerta, las ocasiones en las que el balón se estrelló en la madera y demás parámetros que, es cierto, permiten asegurar que, efectivamente, la historia de los dos partidos bien hubiera podido tener un final muy diferente al ya escrito.

Y, sin embargo, todo lo dicho sigue sin servirme como explicación al hecho de que antes se hable de los deméritos del Barcelona –que los tuvo- que del evidentísimo mérito del conjunto procedente de la ciudad donde cursaron sus estudios Tolstoi y Lenin.

Berdiev asumió que su conjunto no tendría la posesión del balón como probablemente sí la tiene en su campeonato doméstico y se aprestó a obrar el milagro de intentar ganar un partido en el que la pelota puede acabar siendo un elemento del todo extraño.

Bajo su batuta, el equipo de Kazan tornó la refinada naturaleza del Rubí que su nombre evoca, en pura, granítica, solidez. Juntó las líneas con la convicción de quien responde a una idea preconcebida, hizo de sus ejes correas de distribución de bloques inmunizados a las grietas y apretó los dientes como ha de hacer quien sabe que le espera un calvario de final incierto.

De haber perdido ambos partidos como pudo haber sucedido, el elogio de Berdiev podría sonar a mera boutade. Nada en el fútbol escapa a la tiranía de los resultados. Sin embargo, con el aval de su abultado zurrón, resulta difícil no caer en la tentación de elogiar el prodigio de ingeniería defensiva planteado por el Rubin Kazan. Especialmente por ser una ingeniería instrumental, donde siempre dio la impresión –en el Camp Nou y a orillas del impresionante Kremlin de Kazan- que el equipo de Berdiev nunca cayó en la desconsideración de olvidarse del gol y salió a buscarlo, siempre que pudo, con orden y intención.

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