dijous, 24 de setembre del 2009

Cada vez menos gambeta…


De un amarillo pálido, descolorido, triste. Así luce el Sol de la bandera de la Argentina futbolística a día de hoy. En equilibrio al borde del trágico precipicio que es mirar hacia abajo y ver un mundial cada vez más lejano e inaccesible. Con sus gigantes, River y Boca, dando traspiés encaramados a torpes pies de barro, noqueados en la lona segundona de la Copa Sudamericana cuando los golpes se suponía que todavía eran de tanteo. Incapaces de entender porqué cuando se enfunda la albiceleste, Messi se desdibuja. Abocados a la tristeza de convertirse en súbitos apóstatas del maradonismo…

El fútbol argentino vive horas bajas. La duermevela en qué se había convertido su existencia en los últimos años, se ha tornado profundo coma.

La mundialización dejó de ser amable con Argentina hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo fue. En su acometida, el fútbol no se ha librado de los perniciosos efectos de vivir en este mundo-mercado, bazar de despropósitos y miserias.

Hoy, el balón rueda en Argentina con el pensamiento puesto lejos de allí, hipnotizado por el fulgor de las grandes ligas europeas, donde el dinero corre torrencial y descontrolado. El Viejo Continente ha hecho del campeonato argentino un descomunal cásting, apenas una galería de tiro donde dejar que se fogueen los que están llamados a poner mañana en pie a los aficionados europeos.

En el trato, claro, la peor parte se la lleva, como no podría ser de otra forma, los que, según los mapas de nuestras escuelas, viven cabeza abajo.

De ellos compramos ilusión y, a cambio, entregamos monedas que acaban por perderse en bolsillos opacos. Nuestros alfajores rebosan dulce de leche mientras el aficionado argentino se cansa de darle vueltas a la mezcla con la certeza de que anda faltade azúcar…

Hoy el fútbol argentino entona un tango triste; canta a las ausencias, las que son y las que serán. Ojalá, al menos, el canto sea breve. Argentina nos enseñó mucho sobre lo que es el fútbol. No dejemos desierto el encerado.

diumenge, 13 de setembre del 2009

Caza de brujas


La UEFA ha decidido añadir algo de leña al rescoldo permanentemente humeante de la discusión sobre la conveniencia o no de utilizar el vídeo como instrumento de apoyo a la labor de los colegiados.

Atendiendo a la petición de los responsables de la Federación escocesa de fútbol, el organismo regido por Michel Platini ha tomado la determinación de sancionar con dos partidos de suspensión a Eduardo, brillante delantero del Arsenal, por el monumental piscinazo que protagonizó en el transcurso del partido de Champions que enfrentó a su equipo con el Celtic de Glasgow.

Como dicta la consabida muletilla, la polémica está servida.

Si bien es cierto que la UEFA no ha mostrado intención de alterar el desarrollo del partido ni enmendar la papeleta a Mejuto González (el árbitro español que premió con un penalti las dotes escénicas de Eduardo), la intervención del órgano rector del fútbol continental puede significar el nacimiento de la era del Gran Hermano en el mundo del balompié. Y la maniobra, desde luego, tiene sus riesgos.

Son muchos quienes hace tiempo que expresan su envidia hacia la naturalidad con la que en otros deportes como, por ejemplo, el rugby, los árbitros recurren a la ayuda de cámaras y monitores para tomar decisiones potencialmente relevantes. Quienes se sitúan en este extremo del debate opinan que tal medida, lejos de desnaturalizar la esencia misma del deporte, contribuye a fomentar el juego limpio y la nobleza de la competición, desterrando las malas artes e impidiendo que el factor humano, en la forma de errores de apreciación, acabe siendo un elemento determinante.

Probablemente tengan razón.

Sin embargo, creo que todavía somos mayoría quienes mostramos un temor visceral (y sí, quizás irracional) a la perspectiva de reducir el margen de error de los encargados de administrar justicia sobre el terreno de juego.

Una de las grandezas del fútbol es la relativa facilidad con la que sobre un campo de fútbol es posible acabar con el despotismo de la lógica y la determinación matemática. Nadie acudiría a un estadio de no ser por la certeza de que en el espectáculo que se desarrolla dentro de los límites fijados por las líneas de cal, dos y dos no tienen la obligación de ser cuatro.

Hay mil factores que contribuyen a que las leyes de lo establecido queden parcialmente en suspenso en el lapso que hay entre el silbido inicial y la salva de tres pitidos que señalan el final del encuentro, pero no hay duda de que uno de los más importantes es, precisamente, la labor del encargado de accionar el silbato: el árbitro.

La del colegiado es una figura cargada de amarga poética. Su trabajo es inmune a la gloria y rara vez merece reconocimiento. Administrar justicia es, qué duda cabe, una tarea ingrata. Odiados por sus errores, vituperados un día sí y otro también. Nadie parece querer admitir que en su trabajo y, especialmente, en la posibilidad de que incurran en el error, radica una porción importante de la magia del fútbol.

Si amamos este deporte por la posibilidad de asistir a imposibles, no podemos renunciar a uno de los aspectos que preservan la imprevisibilidad de un partido.

Somos falibles. Nosotros tanto como el peor de los colegiados al que alguna vez le haya tocado en suerte (o en desgracia) dirigir un encuentro. Sabernos amenazados por la posibilidad de ser injustamente castigados con un penalti en contra forma parte, lo queramos admitir o no, de todo aquello que nos mantiene durante 90 minutos enganchados al espectáculo del balón. Consciente o inconscientemente, nos atrae lo que tiene de trágico jugarse las esperanzas sobre una base tan inestable y quebradiza como lo es la labor arbitral.

De momento, la UEFA no va tan lejos, pero la caza de brujas desatada para castigar a Eduardo augura agrias polémicas. Nadie ha abierto todavía la caja de Pandora, pero Platini y sus acólitos ya se han ocupado de desempolvarla y dejarla en lugar bien visible, no vaya a ser que olvidemos su existencia…