dimarts, 8 de desembre del 2009

Amarga alabanza

El elogio, aún merecido, incluso siendo sincero, puede llegar a ser tan ponzoñoso como la más afilada de las críticas. Al Real Madrid no le bastó con el favor de la aritmética y la brillantez de sus números para hacerse acreedor de alabanza. El pragmatismo de Pellegrini, hombre formado en un campo, la ingeniería, donde el cálculo lo es todo, irritó mucho más de lo que convenció cada vez que intentó parapetarse en la estadística para esquivar críticas y defender su labor y la de sus jugadores.

Los aplausos que la afición blanca se resistió a verter frente al espectáculo pálido y tibio de las victorias maquinales de su equipo cundieron con generosidad precisamente cuando no había victoria que celebrar. Cuando lo que correspondía era buscar el modo de liberar la boca del rastro de amargura que deja la derrota frente al más aborrecido de los enemigos, la hinchada madridista encontró, por fin, motivo para el orgullo y razón para el contento.

Extraña situación.

Malas deben ser las horas en las aceras de La Castellana para que se paladee como una victoria una derrota ajustada. Para que se dé por buena la sensación de que el equipo no le perdió la cara al partido y brindó un buen espectáculo que bien pudo haber obtenido el laurel de un premio mayor.

El elogio al derrotado puede ser, ya lo decíamos, el reconocimiento de una gran miseria. Y en esta ocasión así lo parece.

Nunca se aplaudió al Madrid por no salir goleado de un campo, ni jamás se le intuyó mérito en no conseguir ni tan siquiera igualar el marcador enfrentándose a un equipo disminuido por una expulsión durante un buen trecho de la segunda parte.

Bien es cierto que no hay motivo para cicatear buenas palabras a la labor de los jugadores blancos en el feudo barcelonista, a su solidez en la práctica defensiva, el acierto mostrado en el ejercicio de la presión y la riqueza de matices y acentos que desplegaron a lo largo y ancho del frente ofensivo.

Glosar lo que de acertado hubiera en su actuación puede ser de justicia. Pero hacer de todo ello una monumental alabanza es una forma cercana a lo cruel de disminuir el presente, el futuro -e incluso el pasado- de un club como el Real Madrid.

Las victorias a los puntos son ajenas al balompié y las derrotas meritorias son el consuelo de aquellos a quienes la realidad no les da para soñar. Éste no debiera ser el caso del Real Madrid. Si lo es, muy malas son las horas en las aceras de La Castellana….

dimecres, 18 de novembre del 2009

El chico desvalido en el barco sin timón


La muerte de un futbolista tiene algo de imposible; de irreal, de absurdo. A ojos de los aficionados, la muerte nunca está entre los probables en la existencia de nuestros ídolos.

A fuerza de sobresaltos nos hemos ido convenciendo de que el corazón de una joven estrella puede dejar de latir sin previo aviso. Más difícil será obligar a la mente a la dolorosa acrobacia de convertir en plausible la idea de que un futbolista pueda percibir este mundo como una tortura y el mero respirar como una carga insoportable.

En el sinsentido de convertir a los futbolistas en seres ajenos a todo, sin más dimensión que la de héroes del balón que entrevemos por las rendijas que nos ofrecen los medios, nos olvidamos de considerar, aunque sea fugazmente, que al abandonar la parcela de césped, el futbolista se torna hombre. Y que la condición humana casi nunca está libre de miserias.

Robert Enke no era un hombre atribulado por problemas; no podía ser una persona, como tantas otras, cautiva de inseguridades y miedos. Como otros reinos, el suyo no debía ser de este mundo. Pero lo era. Lo entendimos cuando supimos que el portero alemán había elegido una vía férrea de Hannover para dejarlo todo atrás y acallar, para siempre, su corazón y su voz.

Hoy nos cuentan que el cancerbero teutón era un muchacho frágil. Que desde hacía años luchaba por ganarle la carrera a la depresión que incesantemente le perseguía. Que la muerte de su hija, tan absurda como ahora nos parece la suya, era un fantasma que emponzoñaba sin misericordia sus días. Hoy sabemos, y qué ridículo nos parece, que acudir al próximo mundial no significaba nada para él.

Del modo más doloroso, Enke nos ha obligado a entender que sin sus guantes, lo que quedaba era un chico de 32 años a quien le dolía haber nacido.

Ahora, me viene a la cabeza el recuerdo de su fichaje por el Barça, su rostro sonriente posando para los fotógrafos. Era muy joven entonces, llegaba con el aura de gran promesa, de apuesta de un futuro que pronto se tornó muy sombrío.

A Enke se lo tragaron las mismas aguas que en el año del retorno de Van Gaal al banquillo azulgrana engulleron, en algunos casos de un modo definitivo, el futuro de otros componentes de la plantilla. Mendieta, Riquelme, Sorín…para todos ellos, el horizonte se ensombreció en aquel Barça en el que creyeron poder alcanzar la gloria sin saber que no era más que un barco sin timón ni rumbo, perdido en círculos y sin puerto al que arribar.

Enke cargó sobre los hombros las consecuencias de una pésima tarde contra un rival menor. La prensa deportiva lo lapidó y armó contra él sus peores artes, haciendo del alemán una piñata con la que aliviar las muchas frustraciones que generó aquel equipo desangelado y sin alma.

Algunos dicen que fue entonces cuando se emborronó la sonrisa de Enke, y que después nunca volvió a brillar igual. Al parecer, de Barcelona y de su posterior paso por la liga turca, heredó un terrible miedo al fracaso que ya no había de abandonarle.

¿Es ese pánico el que acabó por ganarle el pulso a Robert? Quizás sea así, pero no lo creo. En Hannover, murió un hombre; no un futbolista, sino un hombre que se dedicaba profesionalmente a la práctica del fútbol. No volvamos a olvidarlo. No desoigamos lo que tan claramente nos gritó. Descanse en paz.

dissabte, 7 de novembre del 2009

Ballet estajanovista

Un empate y una victoria. Como en ocasiones sucede, el convidado de piedra cobró vida e, inesperadamente, el Rubin Kazan ha conseguido saldar en positivo su duelo de ida y vuelta con el vigente campeón de Europa.

Cuando enfrente se alza la figura imponente de un equipo teóricamente superior, la tarea del entrenador que maneja los hilos de la víctima votiva es identificar las potencialidades de las disminuidas huestes propias y acertar a acentuarlas en relación a las características del rival. Aplicar maquillaje a las debilidades de los tuyos y rastrear los puntos ciegos, las zonas de duda, los ámbitos de titubeo y los márgenes de conflicto del contrario. Dar con la clave que te permita desactivar los automatismos del equipo al que te enfrentas y descubrir el modo de borrar las líneas claves de su guión, aquellas que sirven de vigas maestras de su juego.

Atendiendo a este razonamiento, sólo cabe descubrirse ante la figura de Kuban Berdiev, un entrenador que, visto lo visto, merece ser recordado por algo más que lo de pintoresco pueda tener la imagen del rosario musulmán que nerviosamente cuelga de sus manos de principio a fin de los partidos.

Con la salvedad de Guardiola, generoso a la hora de elogiar el juego del equipo tártaro y la labor de su preparador, muchos han sido los cronistas que han querido rebajar los méritos del Rubin Kazan. Se recuerda incesantemente que el Barça acumuló méritos más que suficientes para haber ganado con cierta holgura ambos partidos; se habla de porcentajes de posesión de balón; se enumeran los disparos a puerta, las ocasiones en las que el balón se estrelló en la madera y demás parámetros que, es cierto, permiten asegurar que, efectivamente, la historia de los dos partidos bien hubiera podido tener un final muy diferente al ya escrito.

Y, sin embargo, todo lo dicho sigue sin servirme como explicación al hecho de que antes se hable de los deméritos del Barcelona –que los tuvo- que del evidentísimo mérito del conjunto procedente de la ciudad donde cursaron sus estudios Tolstoi y Lenin.

Berdiev asumió que su conjunto no tendría la posesión del balón como probablemente sí la tiene en su campeonato doméstico y se aprestó a obrar el milagro de intentar ganar un partido en el que la pelota puede acabar siendo un elemento del todo extraño.

Bajo su batuta, el equipo de Kazan tornó la refinada naturaleza del Rubí que su nombre evoca, en pura, granítica, solidez. Juntó las líneas con la convicción de quien responde a una idea preconcebida, hizo de sus ejes correas de distribución de bloques inmunizados a las grietas y apretó los dientes como ha de hacer quien sabe que le espera un calvario de final incierto.

De haber perdido ambos partidos como pudo haber sucedido, el elogio de Berdiev podría sonar a mera boutade. Nada en el fútbol escapa a la tiranía de los resultados. Sin embargo, con el aval de su abultado zurrón, resulta difícil no caer en la tentación de elogiar el prodigio de ingeniería defensiva planteado por el Rubin Kazan. Especialmente por ser una ingeniería instrumental, donde siempre dio la impresión –en el Camp Nou y a orillas del impresionante Kremlin de Kazan- que el equipo de Berdiev nunca cayó en la desconsideración de olvidarse del gol y salió a buscarlo, siempre que pudo, con orden y intención.

diumenge, 25 d’octubre del 2009

Sin noticias de Pellegrini


  • Al chileno Manuel Pellegrini se le suponía la capacidad para armar un equipo con los carísimos mimbres que le proporcionó su presidente. Nos equivocamos. Hasta ahora, su cuaderno no ha dado muestra de ser algo más que un reseco erial entregado a la pirotecnia oportuna y puntual de sus estrellas.

Lleva años el Real Madrid desdeñando corsés tácticos y automatismos; confiando su suerte en exclusiva al tremendo potencial de sus líneas de vanguardia; dibujando partidos deslabazados en los que la ausencia de guión casi siempre acaba jugando a su favor.


Presumiblemente, Pellegrini debía ser quien alterara esa dinámica y redujera el grado de incertidumbre que en muchas ocasiones ha acompañado a los triunfos del equipo capitalino. De él cabía esperar que repitiera lo conseguido al frente del Vila-Real con piezas de menos relumbrón: constreñir las individualidades a las exigencias de un sistema, integrarlas en lo colectivo para, precisamente, mejor explotar después las particularidades de lo singular. Hasta ahora, su fracaso en la tarea es incuestionable.


Parapetado tras la letanía repetitiva y cansina de hablarnos de su equipo como una entidad en construcción en el que las piezas requieren de más tiempo para ensamblarse sin que se aprecien los costurones y apelando a los resultados conseguidos como aval de su trabajo, Pellegrini se ha limitado a sortear críticas y esquivar puyas. Poco más que añadir a su desembarco en las aceras de la Castellana.


Quizás el triste empate cosechado en el Molinón sea el límite de la estrecha baldosa de la que el chileno ha renunciado a moverse. El breve espacio en el que ha optado por permanecer fintando con pies juntos las dudas que su trabajo lleva tiempo generando entre quienes no entienden que la descomunal inversión monetaria del verano pasado no dé para ahorrarse bochornos como los provocados por el Sevilla o un Milan crepuscular.


Pellegrini se ha emborrachado de la misma indolencia que lo recubre todo en el Bernabéu desde hace lo que ya parece una eternidad. Con terquedad, insiste en no ver lo que a ojos de muchos son evidencias. No parece alterarle el pulso la contemplación de la lucha - a menudo infructuosa- de su centro del campo por hacerse con las riendas del partido; aún menos, ver que cuando se hacen con esas riendas, en no pocas ocasiones no se sabe qué hacer con ellas y la posesión del balón se convierte en un trámite que hay que cumplir sin entender con claridad la razón para ello. No se le ve sufrir cuando, imperturbable, entrega las bandas en usufructo a jugadores como Sergio Ramos, Marcelo o Drenthe, incapaces de vestir con garantías los oropeles de un extremo y poner cerco al área contraria. Nadie diría que se interroga sobre el papel desempeñado por Kaká, ostensiblemente confundido ante las implicaciones para él nuevas de la condición de engranaje gravitatorio de un ataque coral y desordenado, temeroso de quedar en tierra de nadie entre la consigna de colaborar en la construcción del juego y la pulsión de sumarse al purpúreo frente de ataque. No parece faltarle el aire a Pellegrini con las humaredas que desprenden los numerosísimos incendios que se le declaran en las inmediaciones del área propia, donde reina el permanente desconcierto entre los suyos a poco que el rival cometa la impertinencia de querer acercar el balón a los dominios de Casillas.


Mientras el juego del Real Madrid justifica el aluvión de interrogantes, a Pellegrini se le ha agotado el caudal de las respuestas sin apenas darnos ocasión de escuchar alguna. De forma inesperada, nos llega desde el banquillo blanco un torrente de balbuceos en substitución de lo que muchos pensábamos que sería un discurso al menos tan bien hilvanado como el que emitió durante años la caseta de local en El Madrigal. El desencanto, claro está, es más que justificado.


Si Pellegrini no recupera pronto la capacidad de habla, si no se da prisa en encontrar los resortes adecuados y descifrar los misterios que expliquen el soberano ejercicio de mediocridad en qué habitualmente se torna el juego de su equipo, su destino podría ser pronto el del peón sacrificado. Hace tiempo que el Madrid como institución se entregó a la devoción por las figuras que visten de corto y mal disimula su desdén por la mística del preparador técnico. Pésimo escenario para el chileno.


Fotografía: AFP. www.elpais.com

dijous, 24 de setembre del 2009

Cada vez menos gambeta…


De un amarillo pálido, descolorido, triste. Así luce el Sol de la bandera de la Argentina futbolística a día de hoy. En equilibrio al borde del trágico precipicio que es mirar hacia abajo y ver un mundial cada vez más lejano e inaccesible. Con sus gigantes, River y Boca, dando traspiés encaramados a torpes pies de barro, noqueados en la lona segundona de la Copa Sudamericana cuando los golpes se suponía que todavía eran de tanteo. Incapaces de entender porqué cuando se enfunda la albiceleste, Messi se desdibuja. Abocados a la tristeza de convertirse en súbitos apóstatas del maradonismo…

El fútbol argentino vive horas bajas. La duermevela en qué se había convertido su existencia en los últimos años, se ha tornado profundo coma.

La mundialización dejó de ser amable con Argentina hace mucho tiempo, si es que alguna vez lo fue. En su acometida, el fútbol no se ha librado de los perniciosos efectos de vivir en este mundo-mercado, bazar de despropósitos y miserias.

Hoy, el balón rueda en Argentina con el pensamiento puesto lejos de allí, hipnotizado por el fulgor de las grandes ligas europeas, donde el dinero corre torrencial y descontrolado. El Viejo Continente ha hecho del campeonato argentino un descomunal cásting, apenas una galería de tiro donde dejar que se fogueen los que están llamados a poner mañana en pie a los aficionados europeos.

En el trato, claro, la peor parte se la lleva, como no podría ser de otra forma, los que, según los mapas de nuestras escuelas, viven cabeza abajo.

De ellos compramos ilusión y, a cambio, entregamos monedas que acaban por perderse en bolsillos opacos. Nuestros alfajores rebosan dulce de leche mientras el aficionado argentino se cansa de darle vueltas a la mezcla con la certeza de que anda faltade azúcar…

Hoy el fútbol argentino entona un tango triste; canta a las ausencias, las que son y las que serán. Ojalá, al menos, el canto sea breve. Argentina nos enseñó mucho sobre lo que es el fútbol. No dejemos desierto el encerado.

diumenge, 13 de setembre del 2009

Caza de brujas


La UEFA ha decidido añadir algo de leña al rescoldo permanentemente humeante de la discusión sobre la conveniencia o no de utilizar el vídeo como instrumento de apoyo a la labor de los colegiados.

Atendiendo a la petición de los responsables de la Federación escocesa de fútbol, el organismo regido por Michel Platini ha tomado la determinación de sancionar con dos partidos de suspensión a Eduardo, brillante delantero del Arsenal, por el monumental piscinazo que protagonizó en el transcurso del partido de Champions que enfrentó a su equipo con el Celtic de Glasgow.

Como dicta la consabida muletilla, la polémica está servida.

Si bien es cierto que la UEFA no ha mostrado intención de alterar el desarrollo del partido ni enmendar la papeleta a Mejuto González (el árbitro español que premió con un penalti las dotes escénicas de Eduardo), la intervención del órgano rector del fútbol continental puede significar el nacimiento de la era del Gran Hermano en el mundo del balompié. Y la maniobra, desde luego, tiene sus riesgos.

Son muchos quienes hace tiempo que expresan su envidia hacia la naturalidad con la que en otros deportes como, por ejemplo, el rugby, los árbitros recurren a la ayuda de cámaras y monitores para tomar decisiones potencialmente relevantes. Quienes se sitúan en este extremo del debate opinan que tal medida, lejos de desnaturalizar la esencia misma del deporte, contribuye a fomentar el juego limpio y la nobleza de la competición, desterrando las malas artes e impidiendo que el factor humano, en la forma de errores de apreciación, acabe siendo un elemento determinante.

Probablemente tengan razón.

Sin embargo, creo que todavía somos mayoría quienes mostramos un temor visceral (y sí, quizás irracional) a la perspectiva de reducir el margen de error de los encargados de administrar justicia sobre el terreno de juego.

Una de las grandezas del fútbol es la relativa facilidad con la que sobre un campo de fútbol es posible acabar con el despotismo de la lógica y la determinación matemática. Nadie acudiría a un estadio de no ser por la certeza de que en el espectáculo que se desarrolla dentro de los límites fijados por las líneas de cal, dos y dos no tienen la obligación de ser cuatro.

Hay mil factores que contribuyen a que las leyes de lo establecido queden parcialmente en suspenso en el lapso que hay entre el silbido inicial y la salva de tres pitidos que señalan el final del encuentro, pero no hay duda de que uno de los más importantes es, precisamente, la labor del encargado de accionar el silbato: el árbitro.

La del colegiado es una figura cargada de amarga poética. Su trabajo es inmune a la gloria y rara vez merece reconocimiento. Administrar justicia es, qué duda cabe, una tarea ingrata. Odiados por sus errores, vituperados un día sí y otro también. Nadie parece querer admitir que en su trabajo y, especialmente, en la posibilidad de que incurran en el error, radica una porción importante de la magia del fútbol.

Si amamos este deporte por la posibilidad de asistir a imposibles, no podemos renunciar a uno de los aspectos que preservan la imprevisibilidad de un partido.

Somos falibles. Nosotros tanto como el peor de los colegiados al que alguna vez le haya tocado en suerte (o en desgracia) dirigir un encuentro. Sabernos amenazados por la posibilidad de ser injustamente castigados con un penalti en contra forma parte, lo queramos admitir o no, de todo aquello que nos mantiene durante 90 minutos enganchados al espectáculo del balón. Consciente o inconscientemente, nos atrae lo que tiene de trágico jugarse las esperanzas sobre una base tan inestable y quebradiza como lo es la labor arbitral.

De momento, la UEFA no va tan lejos, pero la caza de brujas desatada para castigar a Eduardo augura agrias polémicas. Nadie ha abierto todavía la caja de Pandora, pero Platini y sus acólitos ya se han ocupado de desempolvarla y dejarla en lugar bien visible, no vaya a ser que olvidemos su existencia…

dissabte, 29 d’agost del 2009

Las emociones de la comparsa


Hace algunos años, existieron quienes creyeron, aunque hoy probablemente hacen por disimular semejante muestra de inocencia, que a medida que las fronteras se acercaban las unas a las otras y el mundo empequeñecía hasta caber en la palma de la mano, el potencial de los equipos de fútbol tendería a igualarse y hacerse más parejo.

Hubo quien pensó que ante la posibilidad de pescar a buen precio en caladeros hasta hace poco envueltos en la bruma de ignorancia que rodea a lo exótico, el factor diferencial que representa el grosor de la billetera podría ser ninguneado a base de ingenio; de viveza para ser el primero en ver esos destellos, a menudo sutiles en un primer estadio, que diferencian al jugador verdaderamente diferente del resto.

A la práctica, el tiempo se ha encargado de mostrarnos que no ha sido así. Más bien al contrario. Los sans-culotte que creyeron que la ley Bosman y la tan manida globalización haría gigantes de los enanos y cisnes de los patos menos agraciados han tenido tiempo más que suficiente para entender y asumir que no son los vientos de la igualdad los que soplan con más fuerza en el fútbol contemporáneo.

Sirva la Liga española que hoy empieza como ejemplo cercano. Es bien cierto que F.C. Barcelona y Real Madrid siempre volaron a una altura en la que el resto de equipos acusaban la falta de oxígeno y el vértigo de la ingravidez. No es precisamente un fenómeno nuevo. Pero no es menos cierto que jamás fue tanta la distancia que separaba las órbitas de los dos titanes del fútbol español de la de los demás.

Reducidos a la condición de simples obstáculos en la carrera de fondo que Madrid y Barça mantienen por erigirse campeones al final del torneo liguero, la inmensa mayoría de equipos escuchan el estruendo del pistoletazo de salida de la Liga sin más aspiración que la mera supervivencia o, en el mejor de los casos, el éxito en la ingrata tarea de mantener el tipo. A ojos de los grandes, sus rivales no dejan de ser meandros en su camino hacia el mar del triunfo; insustanciales casi siempre, correosos las menos de las veces.

Por debajo del vértice de la pirámide que Madrid y Barça ocupan, la clase medida, los que se atreven a mirar la gloria de las grandes gestas aunque sea con disimulo y a través del rabillo del ojo, cada vez está más reducida. Villarreal, Valencia, Sevilla y Atlético de Madrid. Pueden ustedes dejar de contar. A unos les aupó hasta ahí la historia y el empaque; a otros, la solvencia de sus cuentas o la injusta benevolencia de las autoridades competentes a la hora de examinarlas; a todos ellos, buenas dosis de trabajo bien hecho.

Bajando otro escalón, las aguas ya son más procelosas y el naufragio empieza a ser una posibilidad cierta. El éxito aquí es el del pez fuera de su elemento, abrir las branquias y sorprenderse por seguir encontrando oxígeno. Sabedores que en sus trincheras no hay brillo, sólo barro, y que cualquier pretensión de alzar la cabeza concluirá tan pronto se cierre el ejercicio y se abra la veda que permita a sus mejores jugadores volar lejos de casa, sin ocasión de armar un proyecto capaz de evolucionar y consolidarse.

La esperanza en este estrado es escapar al infortunio, asistir atónitos al pequeño milagro de ver cómo las cosas en ocasiones, raras y escasas, parecen querer escapar a la lógica del carril marcado. Hinchar a soplidos las velas del navegante que, llevado por corrientes que en ocasiones no alcanza ni a identificar, acaba por llegar a esa zona en los márgenes del mapa que creía habitada por dragones.

Sabedor de que es probable que no suceda, uno piensa en ver, ahora sí televisada, esa revolución. ¿No sería hermoso que fueran varios los equipos que irrumpieran sin invitación en la fiesta de la disputa del torneo? ¿No desearíamos ver a muchos más escapar a la calma chicha del figurante? Sin duda, sería muy de agradecer por parte de todos aquellos que esperamos obtener alguna emoción de las jornadas dominicales que nos quedan por delante hasta alcanzar el final de la Liga. Nos atenaza la duda no ya de si es probable, sino, más dolorosa y desesperanzada, de si es posible. Esperemos que lo sea.

divendres, 28 d’agost del 2009

El león domado


Parafraseando a Fray Luis de León y el célebre ‘como decíamos ayer’ con el que reemprendió sus clases en la Universidad de Salamanca tras pasar varios años en prisión, Guardiola inició el nuevo curso señalando la puerta de salida, ahora definitivamente, al camerunés Samuel Eto’o. Como si la mejor temporada en la historia del club azulgrana fuera poco más que un pestañeo, una menudencia incapaz de alterar sus convicciones.

A principios del pasado ejercicio, Guardiola hizo valientemente público su convencimiento de que el Barça ganaba más de lo que perdía prescindiendo de los servicios del camerunés. En sus planes, el destino de Eto’o corría paralelo al de Ronaldinho y Deco, desterrados ante la necesidad de acrecentar el hambre y la ambición del conjunto azulgrana. La continuidad del africano fue un trágala que, a pesar de las apariencias, parece haber alterado las digestiones del de Santpedor durante los meses más brillantes que el Barça ha conocido como institución balompédica.

Ni los títulos ni lo aparentemente intachable de la actitud de Eto’o han sido bálsamo suficiente para modificar el juicio inicial de Guardiola sobre la figura del africano. No había entonces lugar para él en sus esquemas de futuro y sigue sin haberlo. Como si nada hubiera habido de por medio.

En el tiempo que lleva como máximo responsable del primer equipo, Guardiola ha acumulado el crédito suficiente para merecer una confianza ciega en sus decisiones. Si no desea contar con el camerunés, sus buenas razones tendrá y, a bien seguro, poco o nada tendrán que ver con la aparente frivolidad de una falta de feeling entre los dos.

Sin embargo, siempre es conveniente mantener una parcela de razón crítica sin anestesiar. Y en mi particular parcela, la marcha de Eto’o es un rescoldo que humeará largamente.

Convertido en moneda de cambio en la operación que ha concluido con el aterrizaje de Ibrahimovic en Can Barça, el camerunés ha conocido esa puerta falsa que es la vía de salida habitual para las grandes figuras del club. Despedido con escasos honores y transformado en mero engranaje de un trueque en el que, sospecho, una vez más el Barça ha actuado como el más cándido de los visitantes del zoco futbolístico en el que, verano tras verano, los cromos cambian de mano con pasmosa facilidad.

Ojala yo mismo sea pronto víctima de la sinrazón que es el olvido, siempre fácil, en el mundo del fútbol. Espero que en breve el Barça vuelva con su juego a dar más razones para mirar esperanzados hacia el futuro que para volver melancólicamente la vista atrás en busca de los siempre dulces días perdidos. Mientras tanto, disculpen la rabieta. Creo que el trato dispensado a Eto’o no era el que merecía quien, citando a Pasolini, fue el mejor poeta del Camp Nou durante largos años.

Fotografía: Agencia Efe

Propósito de enmienda

La prudencia me dice que no es en absoluto necesario escribir esta entrada; es más, hacerlo me parece hasta cierto punto presuntuoso. Como es natural, el mundo ha seguido su curso sin preocuparse por el abandono al que he entregado este espacio en el que me había propuesto volcar mis humildes reflexiones sobre el mundo del fútbol.

No es que me falten excusas, pero, llegados a este punto, sí voy a esquivar la tentación de enumerarlas. Sirvan pues estas líneas para dejar constancia de mi voluntad de reemprender la tarea allí donde quedó postergada y arrinconada.