divendres, 5 de desembre del 2008

Una prima para zurcir un equipo roto

El Real Madrid es un equipo tan sujeto a la mecánica cíclica del fútbol como cualquier otro de los llamados grandes. En su historia, como en la de los demás sempiternos aspirantes a todo, las épocas de abundancia se alternan con las de sequía y réditos escasos.

El Madrid que ha reinado sobre en la últimas ediciones de la Liga difícilmente habrá convencido a quien no lo estuviera de antemano. Si ha ganado adeptos, seguro habrá sido entre los adictos al boato del éxito. Su dominio ha sido el del tuerto en el triste país de los ciegos. Y, sin embargo, pese a todo, este Madrid confiado a las concesiones que se le quisieran hacer, a los regalos que Fortuna le entregara, era un equipo ganador. Una institución que en algún momento pareció que había llegado a creer que podría pasar el resto de sus días burlando esa sombra del fracaso que siempre le rondaba cerca, pero nunca acertaba a oscurecer del todo su destino. Aunque, por supuesto, esa ilusión ha acabado por desvanecerse, como casi siempre se desvanecen las ilusiones a la luz inclemente de la realidad.

A lo que asistimos ahora es a la descomposición de un equipo al que la inspiración siempre le llegó mientras trabajaba, no se puede negar, pero que era incapaz de disimular que las victorias parecían cogerle por sorpresa. De forma inesperada. Casi casi impostores en el cielo del éxito. Y el hechizo, como no podía ser de otra forma, acabó por agotarse. Al Madrid han dejado de perseguirle sombras. De tanto mirarlas de reojo, él mismo ha acabado convirtiéndose en una. Una sombra doliente y pesarosa, aguijoneada por cuitas internas, sin rumbo, cansada, quejosa de todo.

Las suyas son heridas profundas que desangran su presente y señalan hacia el desierto, que es el lugar en el que el Madrid penará a la espera de vientos más favorables que, seguro, en algún momento acabarán por hinchar de nuevo sus velas. Pero no hoy, ni mañana. Cuando la gangrena ataca el organismo de un equipo, no hay apósitos con los que obrar una cura milagrosa.

La única actitud responsable frente al declive de un ciclo victorioso es asumir la tristeza de lo que queda por llegar y empezar a urdir con rigor un plan con el que escapar de la calma chicha cuanto antes. Pero la responsabilidad no es moneda corriente entre los dirigentes del fútbol actual. O quizás nunca lo haya sido, pero permítanme que limite mis valoraciones a lo que me es conocido. La figura de Ramón Calderón tiene más de norma que de excepción. Y así es como nace la peregrina idea de recurrir al único argumento que en materia futbolística parece ser capaz de solventarlo todo: el dinero.

A la presidencia blanca no se le ha ocurrido otra cosa que abrir su generosa billetera para insuflar ardor guerrero a sus huestes con la promesa de 150.000 Euros por ganar de forma consecutiva cinco partidos. ¡150.000 Euros por enfrentarse al destino y vencerlo! Por supuesto, no ha hecho falta que pasara demasiado tiempo para evidenciar lo ridícula de la propuesta y lo –paradójicamente- pobre del ofrecimiento. Afortunadamente, los males de los que padece la plantilla blanca no se han solucionado abonando aún más las henchidas cuentas bancarias de sus componentes.


Y, pese a todo, duele pensar en la perplejidad que a buen seguro habrá embargado a la afición madridista contemplando tan lamentable espectáculo. Qué triste verter tanta ilusión sobre un proyecto dirigido por alguien que cree que el dinero todo lo obra. Qué ingrato ver que hay quien posee tanto que puede hacer bajar un telón de millones sobre su ineptitud. Qué mínimos los destellos que siguen alimentando nuestro amor por el balompié.