dimecres, 3 de setembre del 2008

Manchester City, el nuevo juguete

Los últimos en sumarse a la selecta nómina de millonarios dispuestos a hacerse con una parcela en el Olimpo de la gloria deportiva a base de aligerar su lustrosa billetera son los miembros de la familia real de Abu Dhabi. En apenas unos días han copado las portadas de medio mundo primero con el desembolso de 250 millones de Euros para hacerse con la propiedad del segundo equipo mancuniano y después con la fulgurante operación que -42 millones mediante- ha acabado con el rebelde Robinho recalando en las filas del equipo auriceleste.

El futuro no es difícil de predecir. En este carnaval de vanidades en que se ha convertido el fútbol, con la liga inglesa como principal escaparate, muy pronto habrá un privilegiado espacio para un City que comprará en papel moneda lo que le historia le ha negado hasta ahora. Rediseñen sus concepciones y certezas, por favor. Apréstense a pensar en los hasta ahora segundones de Manchester como nuevos titanes del fútbol europeo. El poder de un presupuesto sustentado sobre nuestra ciega y suicida adicción al petróleo es ilimitado. Su capacidad de seducción no conoce límites. Pregunten al díscolo Robinho, estrella herida en el único punto débil de nuestros endiosados héroes deportivos: el orgullo. En un plazo récord, el brasileño dejó de beber los vientos por el Chelsea, feliz capricho de otra descomunal riqueza, para caer en brazos de los novísimos ricos de la Premier.

No será, por supuesto, el último capítulo. La procesión de estrellas camino de la plomiza Manchester seguirá en tiempos venideros. No duden que pronto verán al City codeándose muy arriba en las principales competiciones continentales, volando a una altura inimaginable hasta ahora para un equipo que únicamente puede mostrar en las vitrinas de los éxitos para el recuerdo dos ligas y unas pocas Copas inglesas.


Habrá quien se sienta tentado de pensar en la irrupción de estos imprevistos invitados en la aristocrática esfera de los grandes del fútbol como una refrescante contestación a los privilegios de los eternos triunfadores. Una respuesta es sus mismos términos frente a quienes siempre han acabado imponiendo su propio poderío económico frente a los demás. Y quizás sea así. Pero ahora mismo, operaciones como la del Manchester City no me parecen más que otra paletada de arena sobre el ataúd de un deporte que encontró el modo de abrirse camino en los corazones de millones de personas y que en la actualidad parece irremisiblemente abocado a acabar desterrado de estos mismos corazones por la imposibilidad de amar lo que cada día se parece más a un triste desfile de egos, millones y cuotas de pantalla.


Es posible que la dulzura del éxito y lo hipnótico del espectáculo consigan anestesiar momentáneamente la ruptura entre el amor incondicional del aficionado y la realidad del fútbol que nos ha tocado vivir. ¿Pero podrá hacerlo eternamente? ¿Cuánto tiempo aguantarán los aficionados aplaudiendo y sustentando con su devoción un sistema en el que todo, absolutamente todo (la sonrisa del ídolo, la entrega, el compromiso, la pasión…) merece ser puesto en duda permanentemente? ¿Podremos amar sin creer? Lo dudo. Y que nadie olvide que es ese amor y no el caudal de millones que alguien pueda aportar a la economía de un club lo que hace girar una rueda, el fútbol, con el maravilloso don de insuflar alegría en el alma de muchos.