diumenge 11 de maig de 2008

Y la rueda dejó de girar…

En el fútbol, las glorias de hoy son las vísperas de las tragedias de mañana. La cima es un espacio estrecho y resbaladizo del que, tarde o temprano, todo equipo acaba por caer. Los ciclos, por más virtuosos que pretendieran ser, aún en su momento de máximo esplendor, llevan grabada su fecha de caducidad. E inscrito en esta particular rueda giratoria de la fortuna, está el destino del técnico.
La de entrenador es una figura con algo de trágico. Por brillantes que sean los renglones que contribuya a escribir en la historia de un club, siempre acaba llegando el punto y final. Un gracias por los servicios prestados en el mejor de los casos. Una invitación a utilizar la puerta de atrás, en la mayoría. Las excepciones son rarísimas. En el seno de un equipo, el entrenador es un ser de paso. Tarde o temprano, el pulgar acaba señalando el suelo y su cabeza es el sacrificio con el que calmar las iras de prensa y aficionados. La de Frank Rijkaard, ya ha sido ofrecida a los medios y a la agotada hinchada culé servida en su preceptiva bandeja de plata. La etapa del holandés como técnico azulgrana deja de conjugarse en términos de presente y se convierte en historia, con el paréntesis de una suerte de limbo que se extenderá hasta finales de la presente temporada, momento en el que se ejecutará una sentencia que antes de ser oficial transitó incansablemente por las páginas de la prensa deportiva.
Para su partida, Rijkaard ha elegido la misma sobriedad y discreción con las que se hizo acompañar en el momento de su llegada, cuando aterrizó en el convulso universo culé con aires de solución de emergencia, con un currículum anímico de éxitos y el único aval del ofrecido por su ilustre compatriota Johan Cruyff. Mucho han cambiado las cosas entre uno y otro momento. En su balance figuran cinco títulos, incluidas dos Ligas y la segunda Copa de Europa en la historia del club. Queda para el recuerdo un equipo que en sus mejores pasajes llegó a ofrecer el sueño utópico de la perfección y amenazó con palidecer el recuerdo de otros plantillas con carácter de mito en el imaginario azulgrana. También merece figurar en su particular haber las incontables muestras de señorío, educación y buenas maneras (valores todos ellos cada vez más escasos en el fútbol contemporáneo) que ha tenido ocasión de mostrar. E incluso su apuesta decidida por un juego vistoso y netamente ofensivo en los tiempos difíciles para la lírica balompédica que nos ha tocado vivir con la actual entronización del músculo y el rigor táctico como verdades supremas.
Pero como bien sabe quien tenga unas nociones mínimas de contabilidad, allí donde existe un haber también encontramos un debe. Y el caso de Rijkaard no es diferente. En su debe encontramos dos años de decepción y continuos sinsabores. Una durísima travesía del desierto que se ha extendido a lo largo de dos temporadas y ha acabado por ensombrecer el fulgor de los logros pasados. También ha acabado en el capítulo de los deméritos la idea extendida de que el holandés no siempre ha sido ágil a la hora de responder desde el banquillo a las vicisitudes del juego y la controversia que a menudo ha acompañado a sus movimientos del banquillo. Se le ha reprochado haber sido cautivo de la jerarquía interna del vestuario y, sobre todo, no haber sabido ejercer el papel de celador implacable que a ojos de casi todos reclamaba una plantilla en la que desde mucho tiempo atrás empezó a hacer mella la desunión, la proliferación de cuitas internas y el endiosamiento.
La perspectiva que otorga el tiempo suele ser un buen abono para la benevolencia. Con el segundo año consecutivo sin títulos todavía desgranando cansinamente sus últimos días y la memoria herida por el recuerdo fresco de la humillante derrota en el Bernabeu, los juicios que se puedan hacer están demasiado emponzoñados para ser justos. Pero la historia azulgrana debería ser generosa con la elegante figura de Rijkaard. Generosa y agradecida. Aunque ahora sea momento de intentar cauterizar un orgullo que todavía sangra, pasado un tiempo incluso los más férreos críticos del holandés deberán reconocer que con su presencia la historia del club se ha agrandado. Y que en su etapa como virrey azulgrana pudo haber sombras, pero abundaron más las luces. Es de justicia despedirle con todos los parabienes posibles y hacer un esfuerzo por no olvidar que bajo su batuta, los amantes del buen fútbol gozamos de incontables momentos de gloria.

1 comentaris:

  1. Elegante, majestuoso y señorial, como el dueño de la pluma que nos deleita con su escritura.
    Totalmente de acuerdo con que el Sr. Entrenador del Barça ha sabido dar lecciones de educación, respeto y discreción, muy a pesar de algunos sectores de prensa.
    Besos. Celia.

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