Justo en el momento en el que el universo futbolístico contenía la respiración y el multimillonario Abramovich se disponía a firmar las escrituras de la parcela de posteridad a la que tantos millones ha destinado, justo en ese momento, decíamos, Terry plantó mal su pie izquierdo sobre el césped moscovita y perdió el equilibrio en el preciso instante en el que su pie derecho golpeaba el balón. Un resbalón, un simple y mundano resbalón fatídicamente sincronizado con el golpeo más importante en la historia del pobre Terry y, por extensión, en la historia de un club, el Chelsea, que en los últimos años ha mutado de eterno segundón en grande del balompié europeo por obra y gracia del caprichoso oro de Moscú. El infortunio, un taco mal ajustado que claudica en el peor momento, un músculo agarrotado por los nervios, la tensión y la fatiga, un césped con jetlag incapaz de sopotar un aguacero inoportuno…quién sabe qué se esconde tras ese resbalón clavado para siempre en el imaginario trágico del equipo londinense.
Abramovich se quedó a un traspié de demostrar que el peso de la tradición es liviano comparado al del poderío económico y Avram Grant, el técnico israelí del Chelsea, se quedó a las puertas de poder reivindicar el discreto encanto de la burguesía frente a la arrogancia de Mourinho, su ilustre predecesor en el cargo. Ambos se quedaron en el andén de una triste estación moscovita viendo como el tren del éxito partía hacia el norte de Inglaterra, destino a la gris e industrializada Manchester Y con ellos, viendo alejarse el mismo tren, una soberbia plantilla a la que vuelve a escaparse el sueño de coronar la más alta cumbre de la Europa futbolística.
Muchos se alegraron del éxito de los chicos entrenados por el eterno Sir Alex Ferguson y vieron en el resbalón del desgraciado Terry –el único destello de autenticidad en un equipo que parece nacido al amparo de una probeta de laboratorio- una jugarreta del destino con algo de justicia divina en sus formas. Para muchos, la final de Moscú sirvió para comprobar que era cierto aquello de que los ricos también lloran.
Y quizás sería más hermoso así, y, probablemente, no hay motivos para echar tierra sobre tanta inocencia. En Moscú, los ricos lloraron. Justo al mismo tiempo que al otro lado de la cancha reían otros chicos ricos que habían defendido con éxito los intereses de una institución que nada en oro. En el fútbol, como en la vida, los ricos pueden llegar a llorar, pero de sus casas salen más risas que lamentos. No, la que vimos no fue la victoria del orgullo arrabalero frente al juguete de las clases acomodadas que habitan el barrio de Chelsea. La verdadera victoria fue comprobar que los hados todavía no han puesto precio a la desgracia, a lo imprevisible, a la crueldad del azar. El día que lo hagan, cuando se pueda tarifar el valor de que el balón entre en la portería o se escape por un suspiro acariciando el palo, entonces, ya no valdrá la pena dejarlo todo para atender a la llamada de un gran partido. Mientras tanto, disfrutemos del misterio del gol.
dissabte, 24 de maig del 2008
A un resbalón de la gloria…
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diumenge, 11 de maig del 2008
Y la rueda dejó de girar…
En el fútbol, las glorias de hoy son las vísperas de las tragedias de mañana. La cima es un espacio estrecho y resbaladizo del que, tarde o temprano, todo equipo acaba por caer. Los ciclos, por más virtuosos que pretendieran ser, aún en su momento de máximo esplendor, llevan grabada su fecha de caducidad. E inscrito en esta particular rueda giratoria de la fortuna, está el destino del técnico.
La de entrenador es una figura con algo de trágico. Por brillantes que sean los renglones que contribuya a escribir en la historia de un club, siempre acaba llegando el punto y final. Un gracias por los servicios prestados en el mejor de los casos. Una invitación a utilizar la puerta de atrás, en la mayoría. Las excepciones son rarísimas. En el seno de un equipo, el entrenador es un ser de paso. Tarde o temprano, el pulgar acaba señalando el suelo y su cabeza es el sacrificio con el que calmar las iras de prensa y aficionados. La de Frank Rijkaard, ya ha sido ofrecida a los medios y a la agotada hinchada culé servida en su preceptiva bandeja de plata. La etapa del holandés como técnico azulgrana deja de conjugarse en términos de presente y se convierte en historia, con el paréntesis de una suerte de limbo que se extenderá hasta finales de la presente temporada, momento en el que se ejecutará una sentencia que antes de ser oficial transitó incansablemente por las páginas de la prensa deportiva.
Para su partida, Rijkaard ha elegido la misma sobriedad y discreción con las que se hizo acompañar en el momento de su llegada, cuando aterrizó en el convulso universo culé con aires de solución de emergencia, con un currículum anímico de éxitos y el único aval del ofrecido por su ilustre compatriota Johan Cruyff. Mucho han cambiado las cosas entre uno y otro momento. En su balance figuran cinco títulos, incluidas dos Ligas y la segunda Copa de Europa en la historia del club. Queda para el recuerdo un equipo que en sus mejores pasajes llegó a ofrecer el sueño utópico de la perfección y amenazó con palidecer el recuerdo de otros plantillas con carácter de mito en el imaginario azulgrana. También merece figurar en su particular haber las incontables muestras de señorío, educación y buenas maneras (valores todos ellos cada vez más escasos en el fútbol contemporáneo) que ha tenido ocasión de mostrar. E incluso su apuesta decidida por un juego vistoso y netamente ofensivo en los tiempos difíciles para la lírica balompédica que nos ha tocado vivir con la actual entronización del músculo y el rigor táctico como verdades supremas.
Pero como bien sabe quien tenga unas nociones mínimas de contabilidad, allí donde existe un haber también encontramos un debe. Y el caso de Rijkaard no es diferente. En su debe encontramos dos años de decepción y continuos sinsabores. Una durísima travesía del desierto que se ha extendido a lo largo de dos temporadas y ha acabado por ensombrecer el fulgor de los logros pasados. También ha acabado en el capítulo de los deméritos la idea extendida de que el holandés no siempre ha sido ágil a la hora de responder desde el banquillo a las vicisitudes del juego y la controversia que a menudo ha acompañado a sus movimientos del banquillo. Se le ha reprochado haber sido cautivo de la jerarquía interna del vestuario y, sobre todo, no haber sabido ejercer el papel de celador implacable que a ojos de casi todos reclamaba una plantilla en la que desde mucho tiempo atrás empezó a hacer mella la desunión, la proliferación de cuitas internas y el endiosamiento.
La perspectiva que otorga el tiempo suele ser un buen abono para la benevolencia. Con el segundo año consecutivo sin títulos todavía desgranando cansinamente sus últimos días y la memoria herida por el recuerdo fresco de la humillante derrota en el Bernabeu, los juicios que se puedan hacer están demasiado emponzoñados para ser justos. Pero la historia azulgrana debería ser generosa con la elegante figura de Rijkaard. Generosa y agradecida. Aunque ahora sea momento de intentar cauterizar un orgullo que todavía sangra, pasado un tiempo incluso los más férreos críticos del holandés deberán reconocer que con su presencia la historia del club se ha agrandado. Y que en su etapa como virrey azulgrana pudo haber sombras, pero abundaron más las luces. Es de justicia despedirle con todos los parabienes posibles y hacer un esfuerzo por no olvidar que bajo su batuta, los amantes del buen fútbol gozamos de incontables momentos de gloria.
La de entrenador es una figura con algo de trágico. Por brillantes que sean los renglones que contribuya a escribir en la historia de un club, siempre acaba llegando el punto y final. Un gracias por los servicios prestados en el mejor de los casos. Una invitación a utilizar la puerta de atrás, en la mayoría. Las excepciones son rarísimas. En el seno de un equipo, el entrenador es un ser de paso. Tarde o temprano, el pulgar acaba señalando el suelo y su cabeza es el sacrificio con el que calmar las iras de prensa y aficionados. La de Frank Rijkaard, ya ha sido ofrecida a los medios y a la agotada hinchada culé servida en su preceptiva bandeja de plata. La etapa del holandés como técnico azulgrana deja de conjugarse en términos de presente y se convierte en historia, con el paréntesis de una suerte de limbo que se extenderá hasta finales de la presente temporada, momento en el que se ejecutará una sentencia que antes de ser oficial transitó incansablemente por las páginas de la prensa deportiva.
Para su partida, Rijkaard ha elegido la misma sobriedad y discreción con las que se hizo acompañar en el momento de su llegada, cuando aterrizó en el convulso universo culé con aires de solución de emergencia, con un currículum anímico de éxitos y el único aval del ofrecido por su ilustre compatriota Johan Cruyff. Mucho han cambiado las cosas entre uno y otro momento. En su balance figuran cinco títulos, incluidas dos Ligas y la segunda Copa de Europa en la historia del club. Queda para el recuerdo un equipo que en sus mejores pasajes llegó a ofrecer el sueño utópico de la perfección y amenazó con palidecer el recuerdo de otros plantillas con carácter de mito en el imaginario azulgrana. También merece figurar en su particular haber las incontables muestras de señorío, educación y buenas maneras (valores todos ellos cada vez más escasos en el fútbol contemporáneo) que ha tenido ocasión de mostrar. E incluso su apuesta decidida por un juego vistoso y netamente ofensivo en los tiempos difíciles para la lírica balompédica que nos ha tocado vivir con la actual entronización del músculo y el rigor táctico como verdades supremas.
Pero como bien sabe quien tenga unas nociones mínimas de contabilidad, allí donde existe un haber también encontramos un debe. Y el caso de Rijkaard no es diferente. En su debe encontramos dos años de decepción y continuos sinsabores. Una durísima travesía del desierto que se ha extendido a lo largo de dos temporadas y ha acabado por ensombrecer el fulgor de los logros pasados. También ha acabado en el capítulo de los deméritos la idea extendida de que el holandés no siempre ha sido ágil a la hora de responder desde el banquillo a las vicisitudes del juego y la controversia que a menudo ha acompañado a sus movimientos del banquillo. Se le ha reprochado haber sido cautivo de la jerarquía interna del vestuario y, sobre todo, no haber sabido ejercer el papel de celador implacable que a ojos de casi todos reclamaba una plantilla en la que desde mucho tiempo atrás empezó a hacer mella la desunión, la proliferación de cuitas internas y el endiosamiento.
La perspectiva que otorga el tiempo suele ser un buen abono para la benevolencia. Con el segundo año consecutivo sin títulos todavía desgranando cansinamente sus últimos días y la memoria herida por el recuerdo fresco de la humillante derrota en el Bernabeu, los juicios que se puedan hacer están demasiado emponzoñados para ser justos. Pero la historia azulgrana debería ser generosa con la elegante figura de Rijkaard. Generosa y agradecida. Aunque ahora sea momento de intentar cauterizar un orgullo que todavía sangra, pasado un tiempo incluso los más férreos críticos del holandés deberán reconocer que con su presencia la historia del club se ha agrandado. Y que en su etapa como virrey azulgrana pudo haber sombras, pero abundaron más las luces. Es de justicia despedirle con todos los parabienes posibles y hacer un esfuerzo por no olvidar que bajo su batuta, los amantes del buen fútbol gozamos de incontables momentos de gloria.
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dijous, 1 de maig del 2008
La soledad del cancerbero
El fútbol es la liturgia de lo humano, la representación de ese cúmulo de pasiones y pulsiones que constituyen nuestra esencia más profunda como género. El drama, la comedia, el valor, la cobardía, la lealtad, la generosidad, la mezquindad y cualquiera de los rasgos que pueden llegar a definirnos acaban encontrando su reflejo en la pugna de los veintidós contendientes por introducir el balón en la portería contraria. El rectángulo de juego sigue siendo el teatro de marionetas en el que vemos representado lo que somos y lo que quisiéramos ser. Es el espacio forzosamente irreal por inalcanzable en el que nos dejamos arrastrar por la pirueta imposible del balón, la plasticidad arrebatadora del regate, la impetuosidad de la proeza física, lo sublime del instante mágico del gol. Y es esa condición de representación irremplazable, esa naturaleza de teatro del mundo, la que consigue que el fútbol siga creando héroes y su misticismo sobreviva sin ajarse en exceso ni claudicar ante la creciente mercantilización y banalización que constantemente le acechan en los tiempos de incontestables ponderables económicos que corren. El fútbol seguirá alumbrando sueños en nuestra existencia, misterioso e inexplicable como cualquier pasión. Bienvenidos a La soledad del cancerbero, un espacio para la reflexión y el debate.
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