El Real Madrid es un equipo tan sujeto a la mecánica cíclica del fútbol como cualquier otro de los llamados grandes. En su historia, como en la de los demás sempiternos aspirantes a todo, las épocas de abundancia se alternan con las de sequía y réditos escasos.
El Madrid que ha reinado sobre en la últimas ediciones de la Liga difícilmente habrá convencido a quien no lo estuviera de antemano. Si ha ganado adeptos, seguro habrá sido entre los adictos al boato del éxito. Su dominio ha sido el del tuerto en el triste país de los ciegos. Y, sin embargo, pese a todo, este Madrid confiado a las concesiones que se le quisieran hacer, a los regalos que Fortuna le entregara, era un equipo ganador. Una institución que en algún momento pareció que había llegado a creer que podría pasar el resto de sus días burlando esa sombra del fracaso que siempre le rondaba cerca, pero nunca acertaba a oscurecer del todo su destino. Aunque, por supuesto, esa ilusión ha acabado por desvanecerse, como casi siempre se desvanecen las ilusiones a la luz inclemente de la realidad.
A lo que asistimos ahora es a la descomposición de un equipo al que la inspiración siempre le llegó mientras trabajaba, no se puede negar, pero que era incapaz de disimular que las victorias parecían cogerle por sorpresa. De forma inesperada. Casi casi impostores en el cielo del éxito. Y el hechizo, como no podía ser de otra forma, acabó por agotarse. Al Madrid han dejado de perseguirle sombras. De tanto mirarlas de reojo, él mismo ha acabado convirtiéndose en una. Una sombra doliente y pesarosa, aguijoneada por cuitas internas, sin rumbo, cansada, quejosa de todo.
Las suyas son heridas profundas que desangran su presente y señalan hacia el desierto, que es el lugar en el que el Madrid penará a la espera de vientos más favorables que, seguro, en algún momento acabarán por hinchar de nuevo sus velas. Pero no hoy, ni mañana. Cuando la gangrena ataca el organismo de un equipo, no hay apósitos con los que obrar una cura milagrosa.
La única actitud responsable frente al declive de un ciclo victorioso es asumir la tristeza de lo que queda por llegar y empezar a urdir con rigor un plan con el que escapar de la calma chicha cuanto antes. Pero la responsabilidad no es moneda corriente entre los dirigentes del fútbol actual. O quizás nunca lo haya sido, pero permítanme que limite mis valoraciones a lo que me es conocido. La figura de Ramón Calderón tiene más de norma que de excepción. Y así es como nace la peregrina idea de recurrir al único argumento que en materia futbolística parece ser capaz de solventarlo todo: el dinero.
A la presidencia blanca no se le ha ocurrido otra cosa que abrir su generosa billetera para insuflar ardor guerrero a sus huestes con la promesa de 150.000 Euros por ganar de forma consecutiva cinco partidos. ¡150.000 Euros por enfrentarse al destino y vencerlo! Por supuesto, no ha hecho falta que pasara demasiado tiempo para evidenciar lo ridícula de la propuesta y lo –paradójicamente- pobre del ofrecimiento. Afortunadamente, los males de los que padece la plantilla blanca no se han solucionado abonando aún más las henchidas cuentas bancarias de sus componentes.
Y, pese a todo, duele pensar en la perplejidad que a buen seguro habrá embargado a la afición madridista contemplando tan lamentable espectáculo. Qué triste verter tanta ilusión sobre un proyecto dirigido por alguien que cree que el dinero todo lo obra. Qué ingrato ver que hay quien posee tanto que puede hacer bajar un telón de millones sobre su ineptitud. Qué mínimos los destellos que siguen alimentando nuestro amor por el balompié.
divendres, 5 de desembre del 2008
divendres, 3 d’octubre del 2008
Anorthosis Famagusta, proeza desde el exilio
Cayó el muro de Berlín y, con sus escombros, los medios escribieron la crónica de una Europa donde ya no había paredes que dividieran. La estampa que conformaban miles de personas dejando atrás su encierro era tan hermosa, las imágenes tan poderosas y evocadoras, que resultaba tentador designar aquel momento histórico como punto y final de tanta vergüenza y sufrimiento. No importaba que en Europa aún quedara un muro en pie; que todavía hubiera cemento y hormigón dividiendo a gentes, marcando su existencia o pretendiendo borrar su pasado. Que ninguna verdad te robe un buen titular.
Pero hete aquí que la actual edición de la Liga de Campeones acude al rescate de la verdad y en su capítulo de actores más o menos exóticos (Cluj rumano, Bate Borisov bielorruso...) nos encontramos con el Anorthosis Famagusta para reverdecer nuestra memoria y recordarnos en el Mediterráneo, en Chipre, un muro todavía permanece en pie.
El Anorthosis, pequeño gigante en una liga liliputiense, vincula su nombre al de la localidad costera de Famagusta, donde nació hace poco menos de cien años. Pero no es allí donde juega sus partidos como local. Lo hace lejos, en Larnaca. A su ciudad no puede acudir, de allí marchó con la categoría de exiliado, buscando refugio en el otro extremo de la isla.
Desde 1974, Chipre está concienzudamente dividida. Siglos de tensión social y política entre la mayoría grecochipriota y la minoría turcochipriota acabaron con la intervención militar turca. Los soldados enviados por Ankara ocuparon la parte norte de la isla y propiciaron la creación de la República Turca del Norte de Chipre, una fantasmagórica entidad que no cuenta con más reconocimiento en la comunidad internacional que el que ofrece la propia Turquía.
Hubo sufrimiento a lado y lado; persecuciones, asesinatos y deportaciones masivas. Casi nunca es bueno jugar a las balanzas si lo que hay que medir es el dolor, pero no es injusto decir que a la comunidad grecochipriota le tocó el peor trago. Casi 200.000 personas de esta comunidad lo perdieron todo. Expulsados de sus casas, obligados a cruzar una frontera surgida de la nada, tuvieron que buscar refugio allí donde la cruel geopolítica determinó que era su sitio. El Anorthosis eligió Larnaca como lugar desde el que penar su nostalgia por la añorada Famagusta, en otros tiempos su hogar, ahora un espacio vetado.
En su primera participación en la Liga de Campeones, los chipriotas están dando continuidad al pequeño milagro que ya era su presencia en la fase de grupos. En la próxima jornada viajará hasta la glamourosa Milán para medirse con las huestes interistas de Mourinho. Y el objetivo no es hacer un papel digno o no salir dolorosamente goleados. El objetivo es la primera plaza de grupo. Lo impensable.
Ojalá su proeza -y lo que llevan hecho hasta ahora ya lo es- sirva para dar a conocer una realidad que, demasiado a menudo, ha sido cínicamente ignorada. En Europa aún quedan equipos que lucen en su escudo el nombre de localidades que no pueden pisar. No lo olvidemos.
Pero hete aquí que la actual edición de la Liga de Campeones acude al rescate de la verdad y en su capítulo de actores más o menos exóticos (Cluj rumano, Bate Borisov bielorruso...) nos encontramos con el Anorthosis Famagusta para reverdecer nuestra memoria y recordarnos en el Mediterráneo, en Chipre, un muro todavía permanece en pie.
El Anorthosis, pequeño gigante en una liga liliputiense, vincula su nombre al de la localidad costera de Famagusta, donde nació hace poco menos de cien años. Pero no es allí donde juega sus partidos como local. Lo hace lejos, en Larnaca. A su ciudad no puede acudir, de allí marchó con la categoría de exiliado, buscando refugio en el otro extremo de la isla.
Desde 1974, Chipre está concienzudamente dividida. Siglos de tensión social y política entre la mayoría grecochipriota y la minoría turcochipriota acabaron con la intervención militar turca. Los soldados enviados por Ankara ocuparon la parte norte de la isla y propiciaron la creación de la República Turca del Norte de Chipre, una fantasmagórica entidad que no cuenta con más reconocimiento en la comunidad internacional que el que ofrece la propia Turquía.
Hubo sufrimiento a lado y lado; persecuciones, asesinatos y deportaciones masivas. Casi nunca es bueno jugar a las balanzas si lo que hay que medir es el dolor, pero no es injusto decir que a la comunidad grecochipriota le tocó el peor trago. Casi 200.000 personas de esta comunidad lo perdieron todo. Expulsados de sus casas, obligados a cruzar una frontera surgida de la nada, tuvieron que buscar refugio allí donde la cruel geopolítica determinó que era su sitio. El Anorthosis eligió Larnaca como lugar desde el que penar su nostalgia por la añorada Famagusta, en otros tiempos su hogar, ahora un espacio vetado.
En su primera participación en la Liga de Campeones, los chipriotas están dando continuidad al pequeño milagro que ya era su presencia en la fase de grupos. En la próxima jornada viajará hasta la glamourosa Milán para medirse con las huestes interistas de Mourinho. Y el objetivo no es hacer un papel digno o no salir dolorosamente goleados. El objetivo es la primera plaza de grupo. Lo impensable.
Ojalá su proeza -y lo que llevan hecho hasta ahora ya lo es- sirva para dar a conocer una realidad que, demasiado a menudo, ha sido cínicamente ignorada. En Europa aún quedan equipos que lucen en su escudo el nombre de localidades que no pueden pisar. No lo olvidemos.
Etiquetes de comentaris:
Anorthosis,
Anorthosis Famagusta,
Chipre,
Famagusta,
Liga de Campeones
dimecres, 3 de setembre del 2008
Manchester City, el nuevo juguete
Los últimos en sumarse a la selecta nómina de millonarios dispuestos a hacerse con una parcela en el Olimpo de la gloria deportiva a base de aligerar su lustrosa billetera son los miembros de la familia real de Abu Dhabi. En apenas unos días han copado las portadas de medio mundo primero con el desembolso de 250 millones de Euros para hacerse con la propiedad del segundo equipo mancuniano y después con la fulgurante operación que -42 millones mediante- ha acabado con el rebelde Robinho recalando en las filas del equipo auriceleste.
El futuro no es difícil de predecir. En este carnaval de vanidades en que se ha convertido el fútbol, con la liga inglesa como principal escaparate, muy pronto habrá un privilegiado espacio para un City que comprará en papel moneda lo que le historia le ha negado hasta ahora. Rediseñen sus concepciones y certezas, por favor. Apréstense a pensar en los hasta ahora segundones de Manchester como nuevos titanes del fútbol europeo. El poder de un presupuesto sustentado sobre nuestra ciega y suicida adicción al petróleo es ilimitado. Su capacidad de seducción no conoce límites. Pregunten al díscolo Robinho, estrella herida en el único punto débil de nuestros endiosados héroes deportivos: el orgullo. En un plazo récord, el brasileño dejó de beber los vientos por el Chelsea, feliz capricho de otra descomunal riqueza, para caer en brazos de los novísimos ricos de la Premier.
El futuro no es difícil de predecir. En este carnaval de vanidades en que se ha convertido el fútbol, con la liga inglesa como principal escaparate, muy pronto habrá un privilegiado espacio para un City que comprará en papel moneda lo que le historia le ha negado hasta ahora. Rediseñen sus concepciones y certezas, por favor. Apréstense a pensar en los hasta ahora segundones de Manchester como nuevos titanes del fútbol europeo. El poder de un presupuesto sustentado sobre nuestra ciega y suicida adicción al petróleo es ilimitado. Su capacidad de seducción no conoce límites. Pregunten al díscolo Robinho, estrella herida en el único punto débil de nuestros endiosados héroes deportivos: el orgullo. En un plazo récord, el brasileño dejó de beber los vientos por el Chelsea, feliz capricho de otra descomunal riqueza, para caer en brazos de los novísimos ricos de la Premier.
No será, por supuesto, el último capítulo. La procesión de estrellas camino de la plomiza Manchester seguirá en tiempos venideros. No duden que pronto verán al City codeándose muy arriba en las principales competiciones continentales, volando a una altura inimaginable hasta ahora para un equipo que únicamente puede mostrar en las vitrinas de los éxitos para el recuerdo dos ligas y unas pocas Copas inglesas.
Habrá quien se sienta tentado de pensar en la irrupción de estos imprevistos invitados en la aristocrática esfera de los grandes del fútbol como una refrescante contestación a los privilegios de los eternos triunfadores. Una respuesta es sus mismos términos frente a quienes siempre han acabado imponiendo su propio poderío económico frente a los demás. Y quizás sea así. Pero ahora mismo, operaciones como la del Manchester City no me parecen más que otra paletada de arena sobre el ataúd de un deporte que encontró el modo de abrirse camino en los corazones de millones de personas y que en la actualidad parece irremisiblemente abocado a acabar desterrado de estos mismos corazones por la imposibilidad de amar lo que cada día se parece más a un triste desfile de egos, millones y cuotas de pantalla.
Es posible que la dulzura del éxito y lo hipnótico del espectáculo consigan anestesiar momentáneamente la ruptura entre el amor incondicional del aficionado y la realidad del fútbol que nos ha tocado vivir. ¿Pero podrá hacerlo eternamente? ¿Cuánto tiempo aguantarán los aficionados aplaudiendo y sustentando con su devoción un sistema en el que todo, absolutamente todo (la sonrisa del ídolo, la entrega, el compromiso, la pasión…) merece ser puesto en duda permanentemente? ¿Podremos amar sin creer? Lo dudo. Y que nadie olvide que es ese amor y no el caudal de millones que alguien pueda aportar a la economía de un club lo que hace girar una rueda, el fútbol, con el maravilloso don de insuflar alegría en el alma de muchos.
Etiquetes de comentaris:
Abu Dhabi,
Manchester City,
Premier League,
Robinho
dissabte, 24 de maig del 2008
A un resbalón de la gloria…
Justo en el momento en el que el universo futbolístico contenía la respiración y el multimillonario Abramovich se disponía a firmar las escrituras de la parcela de posteridad a la que tantos millones ha destinado, justo en ese momento, decíamos, Terry plantó mal su pie izquierdo sobre el césped moscovita y perdió el equilibrio en el preciso instante en el que su pie derecho golpeaba el balón. Un resbalón, un simple y mundano resbalón fatídicamente sincronizado con el golpeo más importante en la historia del pobre Terry y, por extensión, en la historia de un club, el Chelsea, que en los últimos años ha mutado de eterno segundón en grande del balompié europeo por obra y gracia del caprichoso oro de Moscú. El infortunio, un taco mal ajustado que claudica en el peor momento, un músculo agarrotado por los nervios, la tensión y la fatiga, un césped con jetlag incapaz de sopotar un aguacero inoportuno…quién sabe qué se esconde tras ese resbalón clavado para siempre en el imaginario trágico del equipo londinense.
Abramovich se quedó a un traspié de demostrar que el peso de la tradición es liviano comparado al del poderío económico y Avram Grant, el técnico israelí del Chelsea, se quedó a las puertas de poder reivindicar el discreto encanto de la burguesía frente a la arrogancia de Mourinho, su ilustre predecesor en el cargo. Ambos se quedaron en el andén de una triste estación moscovita viendo como el tren del éxito partía hacia el norte de Inglaterra, destino a la gris e industrializada Manchester Y con ellos, viendo alejarse el mismo tren, una soberbia plantilla a la que vuelve a escaparse el sueño de coronar la más alta cumbre de la Europa futbolística.
Muchos se alegraron del éxito de los chicos entrenados por el eterno Sir Alex Ferguson y vieron en el resbalón del desgraciado Terry –el único destello de autenticidad en un equipo que parece nacido al amparo de una probeta de laboratorio- una jugarreta del destino con algo de justicia divina en sus formas. Para muchos, la final de Moscú sirvió para comprobar que era cierto aquello de que los ricos también lloran.
Y quizás sería más hermoso así, y, probablemente, no hay motivos para echar tierra sobre tanta inocencia. En Moscú, los ricos lloraron. Justo al mismo tiempo que al otro lado de la cancha reían otros chicos ricos que habían defendido con éxito los intereses de una institución que nada en oro. En el fútbol, como en la vida, los ricos pueden llegar a llorar, pero de sus casas salen más risas que lamentos. No, la que vimos no fue la victoria del orgullo arrabalero frente al juguete de las clases acomodadas que habitan el barrio de Chelsea. La verdadera victoria fue comprobar que los hados todavía no han puesto precio a la desgracia, a lo imprevisible, a la crueldad del azar. El día que lo hagan, cuando se pueda tarifar el valor de que el balón entre en la portería o se escape por un suspiro acariciando el palo, entonces, ya no valdrá la pena dejarlo todo para atender a la llamada de un gran partido. Mientras tanto, disfrutemos del misterio del gol.
Abramovich se quedó a un traspié de demostrar que el peso de la tradición es liviano comparado al del poderío económico y Avram Grant, el técnico israelí del Chelsea, se quedó a las puertas de poder reivindicar el discreto encanto de la burguesía frente a la arrogancia de Mourinho, su ilustre predecesor en el cargo. Ambos se quedaron en el andén de una triste estación moscovita viendo como el tren del éxito partía hacia el norte de Inglaterra, destino a la gris e industrializada Manchester Y con ellos, viendo alejarse el mismo tren, una soberbia plantilla a la que vuelve a escaparse el sueño de coronar la más alta cumbre de la Europa futbolística.
Muchos se alegraron del éxito de los chicos entrenados por el eterno Sir Alex Ferguson y vieron en el resbalón del desgraciado Terry –el único destello de autenticidad en un equipo que parece nacido al amparo de una probeta de laboratorio- una jugarreta del destino con algo de justicia divina en sus formas. Para muchos, la final de Moscú sirvió para comprobar que era cierto aquello de que los ricos también lloran.
Y quizás sería más hermoso así, y, probablemente, no hay motivos para echar tierra sobre tanta inocencia. En Moscú, los ricos lloraron. Justo al mismo tiempo que al otro lado de la cancha reían otros chicos ricos que habían defendido con éxito los intereses de una institución que nada en oro. En el fútbol, como en la vida, los ricos pueden llegar a llorar, pero de sus casas salen más risas que lamentos. No, la que vimos no fue la victoria del orgullo arrabalero frente al juguete de las clases acomodadas que habitan el barrio de Chelsea. La verdadera victoria fue comprobar que los hados todavía no han puesto precio a la desgracia, a lo imprevisible, a la crueldad del azar. El día que lo hagan, cuando se pueda tarifar el valor de que el balón entre en la portería o se escape por un suspiro acariciando el palo, entonces, ya no valdrá la pena dejarlo todo para atender a la llamada de un gran partido. Mientras tanto, disfrutemos del misterio del gol.
Etiquetes de comentaris:
Abramovich,
Avram Grant,
Chelsea,
Manchester,
Terry
diumenge, 11 de maig del 2008
Y la rueda dejó de girar…
En el fútbol, las glorias de hoy son las vísperas de las tragedias de mañana. La cima es un espacio estrecho y resbaladizo del que, tarde o temprano, todo equipo acaba por caer. Los ciclos, por más virtuosos que pretendieran ser, aún en su momento de máximo esplendor, llevan grabada su fecha de caducidad. E inscrito en esta particular rueda giratoria de la fortuna, está el destino del técnico.
La de entrenador es una figura con algo de trágico. Por brillantes que sean los renglones que contribuya a escribir en la historia de un club, siempre acaba llegando el punto y final. Un gracias por los servicios prestados en el mejor de los casos. Una invitación a utilizar la puerta de atrás, en la mayoría. Las excepciones son rarísimas. En el seno de un equipo, el entrenador es un ser de paso. Tarde o temprano, el pulgar acaba señalando el suelo y su cabeza es el sacrificio con el que calmar las iras de prensa y aficionados. La de Frank Rijkaard, ya ha sido ofrecida a los medios y a la agotada hinchada culé servida en su preceptiva bandeja de plata. La etapa del holandés como técnico azulgrana deja de conjugarse en términos de presente y se convierte en historia, con el paréntesis de una suerte de limbo que se extenderá hasta finales de la presente temporada, momento en el que se ejecutará una sentencia que antes de ser oficial transitó incansablemente por las páginas de la prensa deportiva.
Para su partida, Rijkaard ha elegido la misma sobriedad y discreción con las que se hizo acompañar en el momento de su llegada, cuando aterrizó en el convulso universo culé con aires de solución de emergencia, con un currículum anímico de éxitos y el único aval del ofrecido por su ilustre compatriota Johan Cruyff. Mucho han cambiado las cosas entre uno y otro momento. En su balance figuran cinco títulos, incluidas dos Ligas y la segunda Copa de Europa en la historia del club. Queda para el recuerdo un equipo que en sus mejores pasajes llegó a ofrecer el sueño utópico de la perfección y amenazó con palidecer el recuerdo de otros plantillas con carácter de mito en el imaginario azulgrana. También merece figurar en su particular haber las incontables muestras de señorío, educación y buenas maneras (valores todos ellos cada vez más escasos en el fútbol contemporáneo) que ha tenido ocasión de mostrar. E incluso su apuesta decidida por un juego vistoso y netamente ofensivo en los tiempos difíciles para la lírica balompédica que nos ha tocado vivir con la actual entronización del músculo y el rigor táctico como verdades supremas.
Pero como bien sabe quien tenga unas nociones mínimas de contabilidad, allí donde existe un haber también encontramos un debe. Y el caso de Rijkaard no es diferente. En su debe encontramos dos años de decepción y continuos sinsabores. Una durísima travesía del desierto que se ha extendido a lo largo de dos temporadas y ha acabado por ensombrecer el fulgor de los logros pasados. También ha acabado en el capítulo de los deméritos la idea extendida de que el holandés no siempre ha sido ágil a la hora de responder desde el banquillo a las vicisitudes del juego y la controversia que a menudo ha acompañado a sus movimientos del banquillo. Se le ha reprochado haber sido cautivo de la jerarquía interna del vestuario y, sobre todo, no haber sabido ejercer el papel de celador implacable que a ojos de casi todos reclamaba una plantilla en la que desde mucho tiempo atrás empezó a hacer mella la desunión, la proliferación de cuitas internas y el endiosamiento.
La perspectiva que otorga el tiempo suele ser un buen abono para la benevolencia. Con el segundo año consecutivo sin títulos todavía desgranando cansinamente sus últimos días y la memoria herida por el recuerdo fresco de la humillante derrota en el Bernabeu, los juicios que se puedan hacer están demasiado emponzoñados para ser justos. Pero la historia azulgrana debería ser generosa con la elegante figura de Rijkaard. Generosa y agradecida. Aunque ahora sea momento de intentar cauterizar un orgullo que todavía sangra, pasado un tiempo incluso los más férreos críticos del holandés deberán reconocer que con su presencia la historia del club se ha agrandado. Y que en su etapa como virrey azulgrana pudo haber sombras, pero abundaron más las luces. Es de justicia despedirle con todos los parabienes posibles y hacer un esfuerzo por no olvidar que bajo su batuta, los amantes del buen fútbol gozamos de incontables momentos de gloria.
La de entrenador es una figura con algo de trágico. Por brillantes que sean los renglones que contribuya a escribir en la historia de un club, siempre acaba llegando el punto y final. Un gracias por los servicios prestados en el mejor de los casos. Una invitación a utilizar la puerta de atrás, en la mayoría. Las excepciones son rarísimas. En el seno de un equipo, el entrenador es un ser de paso. Tarde o temprano, el pulgar acaba señalando el suelo y su cabeza es el sacrificio con el que calmar las iras de prensa y aficionados. La de Frank Rijkaard, ya ha sido ofrecida a los medios y a la agotada hinchada culé servida en su preceptiva bandeja de plata. La etapa del holandés como técnico azulgrana deja de conjugarse en términos de presente y se convierte en historia, con el paréntesis de una suerte de limbo que se extenderá hasta finales de la presente temporada, momento en el que se ejecutará una sentencia que antes de ser oficial transitó incansablemente por las páginas de la prensa deportiva.
Para su partida, Rijkaard ha elegido la misma sobriedad y discreción con las que se hizo acompañar en el momento de su llegada, cuando aterrizó en el convulso universo culé con aires de solución de emergencia, con un currículum anímico de éxitos y el único aval del ofrecido por su ilustre compatriota Johan Cruyff. Mucho han cambiado las cosas entre uno y otro momento. En su balance figuran cinco títulos, incluidas dos Ligas y la segunda Copa de Europa en la historia del club. Queda para el recuerdo un equipo que en sus mejores pasajes llegó a ofrecer el sueño utópico de la perfección y amenazó con palidecer el recuerdo de otros plantillas con carácter de mito en el imaginario azulgrana. También merece figurar en su particular haber las incontables muestras de señorío, educación y buenas maneras (valores todos ellos cada vez más escasos en el fútbol contemporáneo) que ha tenido ocasión de mostrar. E incluso su apuesta decidida por un juego vistoso y netamente ofensivo en los tiempos difíciles para la lírica balompédica que nos ha tocado vivir con la actual entronización del músculo y el rigor táctico como verdades supremas.
Pero como bien sabe quien tenga unas nociones mínimas de contabilidad, allí donde existe un haber también encontramos un debe. Y el caso de Rijkaard no es diferente. En su debe encontramos dos años de decepción y continuos sinsabores. Una durísima travesía del desierto que se ha extendido a lo largo de dos temporadas y ha acabado por ensombrecer el fulgor de los logros pasados. También ha acabado en el capítulo de los deméritos la idea extendida de que el holandés no siempre ha sido ágil a la hora de responder desde el banquillo a las vicisitudes del juego y la controversia que a menudo ha acompañado a sus movimientos del banquillo. Se le ha reprochado haber sido cautivo de la jerarquía interna del vestuario y, sobre todo, no haber sabido ejercer el papel de celador implacable que a ojos de casi todos reclamaba una plantilla en la que desde mucho tiempo atrás empezó a hacer mella la desunión, la proliferación de cuitas internas y el endiosamiento.
La perspectiva que otorga el tiempo suele ser un buen abono para la benevolencia. Con el segundo año consecutivo sin títulos todavía desgranando cansinamente sus últimos días y la memoria herida por el recuerdo fresco de la humillante derrota en el Bernabeu, los juicios que se puedan hacer están demasiado emponzoñados para ser justos. Pero la historia azulgrana debería ser generosa con la elegante figura de Rijkaard. Generosa y agradecida. Aunque ahora sea momento de intentar cauterizar un orgullo que todavía sangra, pasado un tiempo incluso los más férreos críticos del holandés deberán reconocer que con su presencia la historia del club se ha agrandado. Y que en su etapa como virrey azulgrana pudo haber sombras, pero abundaron más las luces. Es de justicia despedirle con todos los parabienes posibles y hacer un esfuerzo por no olvidar que bajo su batuta, los amantes del buen fútbol gozamos de incontables momentos de gloria.
Etiquetes de comentaris:
Barça,
Cruyff,
destitución,
Frank Rijkaard
dijous, 1 de maig del 2008
La soledad del cancerbero
El fútbol es la liturgia de lo humano, la representación de ese cúmulo de pasiones y pulsiones que constituyen nuestra esencia más profunda como género. El drama, la comedia, el valor, la cobardía, la lealtad, la generosidad, la mezquindad y cualquiera de los rasgos que pueden llegar a definirnos acaban encontrando su reflejo en la pugna de los veintidós contendientes por introducir el balón en la portería contraria. El rectángulo de juego sigue siendo el teatro de marionetas en el que vemos representado lo que somos y lo que quisiéramos ser. Es el espacio forzosamente irreal por inalcanzable en el que nos dejamos arrastrar por la pirueta imposible del balón, la plasticidad arrebatadora del regate, la impetuosidad de la proeza física, lo sublime del instante mágico del gol. Y es esa condición de representación irremplazable, esa naturaleza de teatro del mundo, la que consigue que el fútbol siga creando héroes y su misticismo sobreviva sin ajarse en exceso ni claudicar ante la creciente mercantilización y banalización que constantemente le acechan en los tiempos de incontestables ponderables económicos que corren. El fútbol seguirá alumbrando sueños en nuestra existencia, misterioso e inexplicable como cualquier pasión. Bienvenidos a La soledad del cancerbero, un espacio para la reflexión y el debate.
Subscriure's a:
Missatges (Atom)